EL SHUTDOWN Y LA OBSESIÓN DEL GOBIERNO POR AJUSTAR SOBRE EL ESTADO

El anuncio del presidente Javier Milei de impulsar un mecanismo de shutdown inspirado en el modelo estadounidense vuelve a poner en el centro de la escena una constante de su gestión: la confrontación con el Estado y, particularmente, con quienes trabajan en él. Lejos de presentarse como una herramienta exclusivamente destinada a fortalecer la disciplina fiscal, la iniciativa se inscribe en una narrativa política que desde el inicio del mandato ha señalado a los empleados públicos como uno de los principales responsables del déficit y del funcionamiento ineficiente de la administración.

El cierre parcial del Estado que propone el Gobierno parte de una lógica distinta a la que rige actualmente en Argentina. Hoy, si el Congreso no aprueba el Presupuesto, la Ley de Administración Financiera permite prorrogar el vigente y garantizar la continuidad de los servicios públicos. El proyecto anunciado buscaría reemplazar ese esquema por otro en el que, agotadas las partidas presupuestarias, organismos estatales deban dejar de funcionar hasta que exista una nueva autorización legislativa.

La propuesta se presenta como un mecanismo para fortalecer el equilibrio fiscal. Sin embargo, sus efectos trascienden el plano contable. Cada organismo que deja de operar implica trámites demorados, prestaciones suspendidas y trabajadores que quedan en una situación de incertidumbre. La experiencia estadounidense demuestra que los shutdowns afectan tanto a la ciudadanía como a miles de empleados públicos que pueden ser licenciados temporalmente o continuar trabajando sin percibir sus salarios hasta que se destrabe el conflicto político.

En ese sentido, trasladar ese modelo a la Argentina abre interrogantes sobre el funcionamiento cotidiano del Estado y sobre el impacto que tendría en áreas sensibles como salud, educación, ciencia, transporte o seguridad. También plantea dudas respecto de la continuidad de numerosos servicios cuya interrupción repercutiría directamente sobre millones de personas.

El debate adquiere además una dimensión política. Desde diciembre de 2023, el Gobierno convirtió la reducción del empleo público en uno de los ejes centrales de su programa. Despidos, cierre de organismos, fusiones de dependencias y un discurso permanente contra la burocracia estatal marcaron una estrategia que encontró en los trabajadores públicos uno de sus principales blancos. En ese contexto, el shutdown aparece para muchos como un paso más dentro de esa concepción del Estado, antes que como una mera herramienta de administración presupuestaria.

Los defensores de la iniciativa sostienen que obligaría al Congreso a debatir y aprobar el Presupuesto en tiempo y forma, evitando ampliaciones discrecionales del gasto. Sus críticos, en cambio, advierten que el remedio puede resultar más costoso que el problema si la consecuencia es paralizar funciones esenciales o utilizar la amenaza del cierre del Estado como mecanismo de presión política.

Más allá de la discusión técnica, la propuesta deja al descubierto una definición ideológica. El Gobierno entiende que un Estado más pequeño es, por definición, un Estado más eficiente. Sus detractores responden que la eficiencia no se alcanza mediante la paralización de organismos ni colocando a los trabajadores estatales en el centro del ajuste, sino mejorando la gestión y fortaleciendo los controles sobre el gasto.

Si finalmente el proyecto llega al Congreso, el debate no girará únicamente alrededor del equilibrio de las cuentas públicas. También pondrá en discusión cuál debe ser el papel del Estado, cómo se garantizan los servicios públicos y hasta dónde puede llegar una estrategia de ajuste que, una vez más, encuentra en los empleados estatales uno de sus principales destinatarios.