(Por Tomás Casanova) – La política suele demostrar que gobernar y construir liderazgo son dos desafíos diferentes. La gestión puede acumular obras, programas e inversiones, pero si esas acciones no logran convertirse en un relato capaz de conectar con las preocupaciones cotidianas de la sociedad, el impacto electoral termina siendo limitado.
Ese parece ser uno de los principales interrogantes que enfrenta hoy el gobernador bonaerense, Axel Kicillof. A pesar de administrar el distrito más importante del país y de haber sostenido una intensa agenda de inauguraciones e inversiones públicas, todavía no consigue proyectarse como un dirigente con liderazgo nacional consolidado ni como una referencia capaz de ordenar al peronismo en un momento de fuerte dispersión.
La discusión no pasa únicamente por la cantidad de obras ejecutadas. La infraestructura es necesaria y forma parte de las obligaciones de cualquier administración. Sin embargo, la experiencia demuestra que ese tipo de acciones no siempre se traduce automáticamente en respaldo electoral. Los votantes suelen priorizar otras variables vinculadas con su realidad inmediata, como el empleo, el poder adquisitivo, la seguridad y las expectativas de futuro.
En ese escenario, la estrategia comunicacional del oficialismo bonaerense aparece bajo cuestionamiento. Resulta difícil explicar que una estructura estatal con importantes recursos destinados a comunicación política no haya logrado instalar con mayor eficacia los logros de gestión ni fortalecer la imagen del gobernador fuera de los límites de la provincia.
La política continúa requiriendo presencia territorial. Ninguna campaña puede sostenerse únicamente desde las oficinas o las redes sociales. El contacto directo con los vecinos, la escucha permanente y la construcción de vínculos siguen siendo herramientas insustituibles para comprender el clima social y transmitir un proyecto político.
Al mismo tiempo, Kicillof enfrenta otra dificultad: la ausencia de una red de gobernadores que impulse su liderazgo. Históricamente, quienes aspiraron a conducir el peronismo nacional lograron construir previamente alianzas sólidas con mandatarios provinciales y referentes territoriales. Hoy ese respaldo no aparece con la intensidad necesaria, lo que reduce su capacidad de convertirse en un articulador del espacio.
La situación interna del peronismo tampoco contribuye. El justicialismo continúa sin una conducción política claramente definida y sin un candidato que despierte entusiasmo de manera transversal. En la provincia de Buenos Aires, esa incertidumbre también se refleja en las tensiones entre los distintos sectores del oficialismo, mientras muchos intendentes priorizan la preservación de sus propios territorios antes que la construcción de un proyecto colectivo.
Esa fragmentación dificulta cualquier estrategia electoral. Sin una conducción capaz de sintetizar intereses diversos, el peronismo corre el riesgo de llegar a las próximas elecciones más concentrado en resolver sus disputas internas que en ofrecer una propuesta competitiva frente al electorado.
Kicillof conserva un activo importante: administra el principal distrito del país y mantiene una estructura política de considerable peso. Sin embargo, la gestión, por sí sola, no alcanza para consolidar un liderazgo nacional. La política también exige capacidad para generar identificación, construir consensos y transmitir un horizonte que convoque más allá del propio espacio.
El desafío del gobernador no parece ser únicamente hacer más, sino lograr que la sociedad perciba con claridad por qué ese esfuerzo merece transformarse en apoyo político. Mientras esa conexión no termine de consolidarse, su proyecto seguirá enfrentando el mismo interrogante: cómo convertir una gestión provincial en un liderazgo nacional capaz de entusiasmar tanto al peronismo como a una parte significativa del electorado argentino.