(Tomás Casanova) – Con la cotización en alza, señales de ruptura en el poder económico y una creciente conflictividad social, el modelo libertario empieza a mostrar grietas. La calle se activa y el mundo del trabajo vuelve al centro de la escena.
La suba persistente del dólar, que ya se ubica en torno a los 1.445 pesos, dejó de ser un dato aislado para convertirse en un síntoma político. Lo que durante meses fue presentado como un programa de estabilización exitoso empieza a evidenciar signos de agotamiento. En paralelo, la “bicicleta financiera” —sostenida por tasas altas y especulación de corto plazo— comienza a desarmarse, dejando al descubierto la fragilidad de un esquema que nunca logró traducirse en mejoras reales para la producción ni para el bolsillo de los trabajadores.
En los pasillos del poder económico, el humor también cambió. Sectores del denominado “Círculo Rojo” que hasta hace poco respaldaban sin fisuras al gobierno de Javier Milei, hoy empiezan a tomar distancia. La necesidad de reactivar la obra pública, clave para el entramado productivo, vuelve a instalarse incluso entre los grandes grupos empresarios. Figuras como Paolo Rocca presionan por un giro que permita dinamizar la economía real, mientras que Mauricio Macri busca reposicionarse en un escenario donde la política vuelve a ser terreno de disputa por recursos y poder.
El trasfondo es claro: el “carry trade” ya no ofrece garantías. La estrategia financiera impulsada por el equipo económico, encabezado por Luis Caputo, muestra señales de agotamiento ante la falta de dólares genuinos y la creciente presión sobre el tipo de cambio. Sin margen para sostener la rentabilidad especulativa, los capitales comienzan a replegarse, acelerando una dinámica que impacta directamente en los precios y, una vez más, en los ingresos de los trabajadores.
Mientras tanto, en la calle crece la tensión. Este jueves, organizaciones sindicales y sociales preparan una nueva movilización en defensa del empleo, los derechos laborales y el poder adquisitivo. La protesta no es un hecho aislado, sino parte de un proceso más amplio de reacción frente a un ajuste que recae, como tantas veces, sobre los sectores más vulnerables.
En ese contexto, el clima social se espesa también en lo cotidiano: por la noche, las colas en los cajeros automáticos reflejan la incertidumbre de quienes buscan resguardar lo poco que tienen frente a una economía que se vuelve cada vez más imprevisible. La escena se repite y se multiplica, marcando el pulso de una crisis que ya no puede disimularse con discursos.
El interrogante que empieza a sobrevolar incluso entre antiguos aliados del oficialismo es cómo y cuándo impactará este deterioro en la estabilidad política del gobierno. Negar esa posibilidad —advierten en voz baja algunos operadores— sería tan ilusorio como sostener que el sistema funciona con normalidad. En la Argentina que emerge, el conflicto vuelve a ser protagonista y el mundo del trabajo, una vez más, se organiza para resistir.