CONSUMO EN CAÍDA Y POBREZA EN ALZA: SAN PEDRO, EL TERMÓMETRO DEL AJUSTE

(Por Tomás Casanova para El Delegado)- La postal se repite, pero duele más en el interior. En la provincia de Buenos Aires, la crisis de consumo dejó de ser un dato estadístico para convertirse en una evidencia cotidiana: persianas a medio abrir, veredas vacías y comercios que estiran horarios para vender lo que ya no sale. En la ciudad de San Pedro, el impacto del programa económico del presidente Javier Milei golpea con especial crudeza.

“Hay una malaria bárbara, acá no hay trabajo”, resume Carlos, dueño de un local de ropa en pleno centro. Su testimonio no necesita intermediarios ni tecnicismos. Basta con mirar la calle: “Antes venías a esta hora y no encontrabas dónde estacionar. Hoy llegás a las once y hay lugares de sobra”. La caída del movimiento es, para los comerciantes, el primer indicador de una economía que se enfría.

El fenómeno no es aislado. En San Pedro, como en buena parte del interior bonaerense, la baja del consumo se combina con un deterioro social acelerado. Menos ventas implican menos reposición de stock, menos pedidos a proveedores y, en muchos casos, menos empleo. El círculo se cierra sobre sí mismo.

Carlos abre su negocio de lunes a sábado, incluso más horas que antes. No por crecimiento, sino por necesidad. “Estoy haciendo más horario”, dice, en una confesión que expone el corazón del problema: trabajar más para ganar menos.

A la retracción del consumo se suma un factor que los comerciantes señalan con preocupación: la competencia desigual. “Te jode lo importado, pero hay algo peor: el contrabando”, advierte. Según explica, mercadería que ingresa por circuitos informales —muchas veces vía Paraguay— termina compitiendo con precios imposibles para el comercio formal. “Es la misma ropa que conseguís, pero entra sin pagar nada”, agrega.

El resultado es devastador para el entramado local. Mientras el Gobierno nacional promueve la apertura económica como motor de competencia y baja de precios, en el interior la sensación es otra: desprotección frente a prácticas que directamente bordean la ilegalidad.

El impacto también alcanza a la mano de obra. Carlos menciona un dato que pasa desapercibido en el debate público: la migración inversa. “Bolivianos que trabajaban acá se están yendo a Paraguay”, cuenta. El movimiento revela un cambio en el mapa económico regional, donde Argentina dejó de ser un polo atractivo para sectores vinculados a la producción textil.

Paradójicamente, la industria de la indumentaria muestra avances tecnológicos y ambientales. Procesos que antes contaminaban —como los lavados industriales con químicos— fueron reemplazados por técnicas con láser, más limpias y eficientes. Sin embargo, la modernización no alcanza para compensar la caída de la demanda ni la presión de la competencia externa.

En este escenario, el discurso oficial que celebra la desaceleración inflacionaria pierde fuerza frente a la realidad de los mostradores vacíos. Porque el problema ya no es solo cuánto aumentan los precios, sino quién puede pagarlos.

San Pedro se convierte así en una síntesis de lo que ocurre en la provincia más grande del país: consumo en retroceso, empleo en tensión y una pobreza que avanza en silencio. No hay estadísticas que puedan maquillar lo evidente cuando el termómetro está en la calle.

“Está todo mal”, dice Carlos, sin rodeos. Su frase, cruda y directa, funciona como cierre y diagnóstico. En el interior bonaerense, el ajuste dejó de ser una promesa de orden macroeconómico para convertirse en una experiencia cotidiana que se mide en ventas que no se concretan y en días cada vez más largos detrás de un mostrador vacío.