(Por Tomás Casanova) – Ayer por la tarde, mientras esperaba el colectivo 520 en San Pedro, entendí que hay distancias que no se miden en kilómetros sino en esfuerzo, tiempo y resignación. Eran cerca de las dos de la tarde, el calor apretaba y la sombra era un bien escaso. La escena era simple: una parada de colectivo, una espera larga y una charla casual que terminó revelando una postal demasiado frecuente del interior bonaerense.
La mujer con la que conversé tenía 75 años. Vive en Gobernador Castro y desde hace más de tres décadas trabaja limpiando en casas de familia. Dos o tres veces por semana, desde hace 34 años. Una vida entera sostenida por el esfuerzo cotidiano. Tiene dos hijos: uno en Junín, otro en Madariaga. Verlos, algo que debería ser normal, se convirtió en una odisea logística.
Antes, contaba, el viaje era largo pero posible: Castro–San Pedro, San Pedro–Arrecifes, Arrecifes–Junín. Hoy eso ya no existe. Las líneas se recortaron, las combinaciones se multiplicaron y la única opción viable es ir hasta Retiro. Sí, atravesar media provincia para volver a entrar a ella. El colectivo 520 ya no llega a Arrecifes y, paradójicamente, “mejor que no vaya”, decía, porque la ruta está destruida. El deterioro es tal que cualquier vehículo queda al borde de romperse.
Para Madariaga, el camino es todavía más absurdo: Retiro, Pinamar y, desde allí, esperar que algún familiar vaya a buscarla. El tren, que debería ser una alternativa, no sirve: tarda casi un día entero entre ida, espera y vuelta. Demasiadas horas para tan pocos kilómetros. Junín está a unos 200 kilómetros; Madariaga, tal vez a 300. Sin embargo, el tiempo que insume llegar parece el de un viaje transcontinental.
Lo que quedó flotando en esa charla fue algo más profundo que un problema de transporte. Es la desconexión real del país profundo, la dificultad que enfrenta la gente común para sostener vínculos básicos. No hablamos de turismo ni de comodidad: hablamos de ir a ver a un hijo. De abrazar. De no resignarse al aislamiento.
No hay Uber que cruce esas distancias. No hay soluciones improvisadas. Hay un sistema de transporte desarticulado, rutas detonadas y una planificación que parece pensada desde un escritorio porteño, sin entender —o sin querer ver— cómo vive la mayoría del interior.
Mientras algunos discuten números macro o estadísticas optimistas, en las paradas de colectivo se acumulan historias como esta. Personas mayores que todavía conservan el espíritu y la voluntad de viajar, pero que chocan contra un país que les pone obstáculos en cada tramo.
Ayer, en una parada cualquiera, quedó claro que la Argentina no solo está rota en sus caminos. También lo está en su forma de conectar a su gente. Y eso, aunque no salga en los mapas, se siente todos los días.