NORBERTO GALASSO, EL MAESTRO QUE HIZO DE LA HISTORIA UNA BANDERA

(Por Leonardo Fabre, secretario de Cultura de APOPS y dirigente peronista) – Hay hombres que pasan por la historia y hay hombres que ayudan a construirla. Norberto Galasso fue de estos últimos.

A los 90 años se fue uno de los grandes historiadores, ensayistas e intelectuales argentinos. Pero para quienes militamos durante décadas en el campo nacional y popular, Galasso no fue solamente un escritor. Fue un maestro, un compañero y, fundamentalmente, un hombre que hizo de la historia una herramienta para comprender las luchas del pueblo.

Su muerte deja un silencio difícil de llenar. Porque se apagó una de las voces más lúcidas de una tradición intelectual que nunca aceptó que la historia argentina fuera contada exclusivamente desde la mirada de los vencedores.

Galasso nació en Buenos Aires el 28 de julio de 1936 y se graduó como contador público en la Universidad de Buenos Aires en 1961. Sin embargo, su verdadero territorio fue la historia. Durante más de seis décadas escribió decenas de libros, ensayos y biografías dedicados a recuperar figuras y procesos que habían quedado relegados por los relatos oficiales.

Escribió sobre San Martín, Mariano Moreno, Perón, Evita, Jauretche, Scalabrini Ortiz, Manuel Ugarte, Hernández Arregui y tantos otros. Su obra tuvo una preocupación permanente: devolverle al pueblo su lugar como protagonista de la historia nacional.

Esa mirada lo llevó desde sus primeras experiencias en la Izquierda Nacional hacia el nacionalismo popular y el peronismo. Fue también discípulo y compañero de ruta intelectual de una generación que entendió que no podía pensarse la Argentina sin discutir quiénes habían contado su pasado y desde qué intereses. Trabajó en Eudeba durante la etapa en que Arturo Jauretche estuvo al frente de la editorial y, durante la dictadura, algunos de sus libros fueron censurados.

Para nosotros, en APOPS, esa trayectoria tuvo una expresión concreta. Galasso no fue un intelectual distante, encerrado en una biblioteca. Estuvo con los trabajadores.

Acompañó a nuestro gremio en las luchas que durante años sostuvimos en defensa del sistema previsional público. Estuvo cerca de APOPS en aquella batalla que durante 15 años enfrentamos contra la AFJP. Y para muchos dirigentes que en aquellos años éramos jóvenes y recién comenzábamos nuestra militancia, su presencia significó mucho más que un respaldo.

Nos marcó un camino.

El camino nacional y popular.

En aquellos momentos parecía que estábamos solos. Era difícil encontrar voces que acompañaran nuestra defensa de la jubilación pública y de un sistema previsional que entendíamos como una conquista de los trabajadores y no como una mercancía.

Galasso estuvo.

Y no estuvo solamente para acompañar una protesta o pronunciar una palabra de solidaridad. Estuvo porque comprendía que detrás de cada discusión previsional había una discusión mucho más profunda sobre el modelo de país que queríamos construir.

Por eso su palabra tenía otro peso.

Galasso entendía que la historia no podía separarse de las luchas del presente. Que hablar de Perón, de Jauretche, de Scalabrini Ortiz, de Ugarte o de Hernández Arregui no era simplemente hablar del pasado. Era discutir la Argentina que todavía estaba por hacerse.

Esa fue una de sus grandes enseñanzas.

Nos mostró que la historia nacional y popular no es una colección de nombres, fechas y acontecimientos. Es una disputa permanente por el sentido de la Argentina.

Por eso Galasso fue incómodo para muchos. Porque no aceptó la neutralidad como refugio intelectual. Tomó partido. Y lo hizo desde una concepción profundamente comprometida con la soberanía, la justicia social y la identidad nacional.

En 2014 había sido designado “Embajador de la Cultura Popular Argentina”, con rango y jerarquía de subsecretario. El reconocimiento fue dejado sin efecto en 2025 por el Gobierno de Javier Milei. La decisión tuvo además consecuencias económicas para Galasso, que había dejado de percibir su jubilación al asumir aquel cargo y, según documentación presentada posteriormente ante el Congreso, ese ingreso constituía su principal sustento.

Ese episodio también dice algo sobre los tiempos que nos toca vivir.

Porque mientras se reivindica permanentemente la necesidad de construir una sociedad basada en el mérito, resulta difícil comprender que un hombre que dedicó más de seis décadas a estudiar, escribir y transmitir la historia argentina haya terminado sus últimos años atravesando dificultades económicas.

Pero Galasso no será recordado por esas circunstancias.

Será recordado por sus libros.

Por su voz.

Por sus discusiones.

Por las horas de conversación con compañeros.

Por su compromiso.

Y también por haber sido parte de esa matriz intelectual del peronismo que tiene en Jauretche, Scalabrini Ortiz, Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y tantos otros nombres una tradición que no se resignó a aceptar como natural una Argentina dependiente.

Para nosotros, Galasso estaba ahí.

Era uno de los nuestros.

Y por eso su partida duele de una manera particular.

Cuando muere un gran historiador, no desaparece solamente una persona. También se corre una voz que durante décadas ayudó a interpretar el país. Pero hay algo que permanece: la obra y, sobre todo, las ideas que esa obra consiguió sembrar.

Alguna vez, cuando éramos jóvenes dirigentes, Galasso nos ayudó a entender que defender una causa también significaba comprender su historia.

Hoy esa enseñanza adquiere una dimensión todavía mayor.

En una Argentina atravesada por discusiones profundas sobre el Estado, los derechos sociales, la soberanía y el lugar de los trabajadores, volver a Galasso no significa mirar hacia atrás. Significa recuperar herramientas para pensar el presente.

Néstor Kirchner, a quien Galasso admiraba y acompañó, también comprendió el valor de esa tradición intelectual. Para nosotros, aquel vínculo entre pensamiento, política y militancia fue una señal de que las ideas solamente adquieren verdadera fuerza cuando son capaces de encontrarse con las necesidades concretas del pueblo.

Norberto Galasso fue eso.

Un intelectual que no se quedó mirando la historia desde afuera.

Un historiador que decidió intervenir.

Un escritor que puso su pluma al servicio de una determinada idea de país.

Y un compañero que, cuando muchos decidían mirar hacia otro lado, eligió estar al lado de los trabajadores.

La pluma que durante décadas narró las epopeyas, las derrotas, las luchas y las esperanzas de nuestro pueblo ahora quedó en silencio.

Pero su pensamiento no.

Norberto Galasso queda en nuestros libros, en nuestras luchas y en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de escucharlo.

Queda en APOPS.

Queda en quienes aprendimos de él.

Y queda, sobre todo, en esa Argentina nacional y popular que él ayudó a pensar durante toda su vida.

Hasta siempre, maestro.