FIGURETTI TRUMP: EL COLADO DE LA FOTO MUNDIALISTA

Hay personas que disfrutan entregando un trofeo. Y hay otras que directamente quieren levantarlo ellas mismas. Donald Trump parece pertenecer a esta última categoría.

La final del Mundial de Clubes dejó un campeón, un subcampeón y un protagonista inesperado. No fue un futbolista, ni un entrenador, ni un árbitro. Fue el presidente de Estados Unidos, que convirtió la ceremonia de premiación en una especie de casting permanente para aparecer en cada cámara de televisión.

Mientras los jugadores esperaban el momento que habían ganado después de meses de competencia, Trump parecía decidido a apropiarse de unos segundos de gloria ajena. Saludó, sonrió, repartió apretones de manos y, cuando llegó el instante de la tradicional foto de los campeones, permaneció allí como si fuera el capitán del equipo. Gianni Infantino intentó, con gestos cada vez más evidentes, indicarle que era hora de dejar el escenario. Pero el magnate hizo lo que mejor sabe hacer: ignorar toda sugerencia que no coincida con su voluntad.

La imagen terminó siendo insólita. Los verdaderos campeones celebraban el título mientras, en medio de ellos, un presidente parecía disputar su propio campeonato: el de aparecer en la mayor cantidad posible de fotografías.

No es un detalle menor. Trump ha construido buena parte de su carrera política sobre el culto a su propia imagen. Todo debe girar alrededor de él. Si el acontecimiento no lo tiene como protagonista, procura convertirse en uno. Si la historia pertenece a otros, intenta escribir una línea con su nombre. Es una obsesión que trasciende la política y alcanza cualquier escenario con cámaras encendidas.

La ironía es inevitable. El dirigente que tantas veces utilizó discursos y gestos cuestionados por su carga racista terminó buscando un lugar privilegiado en la celebración de un plantel integrado mayoritariamente por futbolistas afrodescendientes, justamente aquellos a quienes muchos de sus discursos han contribuido a estigmatizar. La foto que tanto deseaba terminó mostrando, sin proponérselo, una contradicción difícil de disimular.

Quizás alguien debería explicarle que las medallas no se entregan para que el anfitrión tenga un álbum de recuerdos. El protocolo existe por una razón: los protagonistas son quienes compiten, entrenan, se esfuerzan y ganan. Los demás acompañan, felicitan y luego se corren.

Pero pedirle discreción a Trump es como pedirle silencio a una vuvuzela en tiempo suplementario.

La buena noticia es que las fotografías envejecen. Con el paso de los años nadie recordará al dirigente empeñado en quedarse un minuto más frente a las cámaras. Se recordará al campeón, a los goles y a la fiesta de los jugadores. Porque, por más que algunos intenten colarse en la imagen, la historia siempre termina acomodando a cada uno en el lugar que le corresponde.