ENTRE LAS INTERNAS Y LA PRESIÓN DEL CONTEXTO, LA CGT CAMBIÓ EL PARO POR UN PLAN DE DESGASTE

a conferencia de prensa que encabezó ayer la CGT dejó una señal política que probablemente genere tantas lecturas como cuestionamientos. En un contexto marcado por el avance de reformas impulsadas por el gobierno de Javier Milei sobre el mercado laboral y por un deterioro sostenido del poder adquisitivo de los trabajadores, la central obrera decidió no convocar a un paro general inmediato y optó por un camino más gradual.

La definición llegó después de una reunión cargada de tensiones internas en la histórica sede de Azopardo, donde convivían sectores que empujaban una medida de fuerza contundente con otros que defendían una estrategia de acumulación progresiva.

El resultado fue una salida intermedia: no hubo anuncio de huelga nacional, pero sí la presentación de un nuevo esquema de protesta escalonada que algunos dirigentes definieron como un “modelo francés”, basado en paros rotativos por actividad, asambleas y acciones distribuidas en distintos puntos del país.

La decisión aparece en un momento especialmente sensible para el sindicalismo. Mientras el Gobierno sostiene que sus reformas apuntan a reducir costos, modernizar el sistema laboral y facilitar la creación de empleo, desde buena parte del universo gremial crece la percepción de que el rumbo elegido implica una flexibilización de las relaciones laborales y una pérdida progresiva de derechos conquistados durante décadas.

En ese escenario, la CGT pareció moverse entre dos necesidades difíciles de equilibrar: mostrar capacidad de reacción frente al avance oficial y evitar un desgaste prematuro con una medida que no garantizara alto nivel de adhesión.

Durante la conferencia también se anunció la creación de una mesa de acción conjunta para coordinar futuras protestas con las dos CTA, movimientos sociales y sectores PyME. La intención, según dejaron trascender los referentes sindicales, es construir una secuencia de medidas que vaya aumentando en intensidad hasta desembocar más adelante en una gran marcha federal y eventualmente en un paro nacional de mayor duración.

Para los sectores más duros del sindicalismo, el anuncio quedó corto frente al nivel de conflictividad social y económica. Para los dirigentes más moderados, en cambio, una huelga general inmediata podía transformarse en una demostración de debilidad si no lograba el volumen esperado.

Lo que quedó claro después de Azopardo es que la CGT eligió abandonar, al menos por ahora, la lógica del impacto inmediato y pasar a una estrategia de presión sostenida.

El desafío será otro: demostrar que el cambio de método no termine siendo leído como una pausa en lugar de una respuesta. Porque mientras las discusiones internas continúan y las reformas avanzan, una parte del mundo del trabajo empieza a preguntarse si el sindicalismo todavía puede marcar el ritmo del conflicto o si está corriendo detrás de una agenda que ya empezó a cambiar.