EL ABISMO INVISIBLE

Por qué un veterano de combate jamás podrá compararse con un militar de tiempo de paz

Hay cosas que un uniforme puede ocultar. Y hay otras que ningún uniforme puede borrar.

Dos hombres pueden haber pertenecido a la misma fuerza, haber recibido la misma instrucción, haber jurado la misma bandera y hasta haber compartido los mismos galones. Desde afuera, alguien podría pensar que sus historias son equivalentes.

Pero no lo son.

Hay una frontera que no figura en ningún reglamento militar. Una frontera invisible que se cruza cuando la instrucción deja de ser un ejercicio y la vida empieza a depender de una decisión tomada en segundos. Esa frontera se llama combate.

Quienes estuvimos en Malvinas sabemos que la guerra no se parece a nada de lo que uno imagina antes de vivirla. No hay manual capaz de explicar lo que significa escuchar el ruido de las bombas, saber que el hombre que está al lado puede no levantarse y, al mismo tiempo, intentar convencerse de que uno volverá a casa.

En el cuartel se aprende disciplina. En el campo de batalla se aprende otra cosa: que la vida puede cambiar para siempre en un instante.

Y esa experiencia no termina cuando termina la guerra.

Muchos creen que el regreso es simplemente volver a casa. Volver a abrazar a los padres, a los hijos, a los hermanos. Volver al trabajo, a la escuela, al barrio, a las cosas de todos los días.

Pero para muchos veteranos, la guerra volvió con ellos.

A veces aparece en un recuerdo. Otras, en una pesadilla. Puede estar en un ruido, en un olor, en una fecha del calendario o en una conversación que alguien comienza sin saber que acaba de abrir una herida que nunca terminó de cerrar.

Hay compañeros que regresaron con heridas visibles. Otros volvieron aparentemente enteros, pero cargando heridas que nadie podía ver.

Ese es, quizás, uno de los mayores abismos que existen entre quien combatió y quien nunca estuvo en una guerra.

No se trata de menospreciar la carrera de un militar que cumplió con honor su servicio en tiempos de paz. Tampoco de establecer jerarquías entre hombres que eligieron servir a la Patria. Se trata de reconocer que las experiencias no son iguales y que tampoco pueden tener el mismo peso humano.

Porque una cosa es prepararse para la guerra y otra muy distinta es haber estado en ella.

Una cosa es conocer la muerte como concepto y otra haberla visto de cerca.

Una cosa es recibir una orden y otra tener que cumplirla mientras alrededor caen compañeros.

Quienes combatimos sabemos que hay preguntas que solamente puede responder alguien que estuvo allí. ¿Qué se siente cuando uno no sabe si llegará vivo al día siguiente? ¿Qué pasa por la cabeza cuando se despide de un compañero sin saber que esa será la última vez? ¿Cómo se explica después, al regresar, aquello que ni siquiera uno mismo consigue ordenar dentro de su memoria?

Por eso digo que el veterano carga una mochila que no siempre se ve.

No es una mochila militar. No tiene correas ni peso medible. Está hecha de recuerdos, nombres, rostros, ausencias y silencios.

También está hecha de culpa.

La culpa por haber vuelto cuando otros no volvieron. La pregunta que muchos veteranos se hicieron alguna vez: “¿Por qué él y no yo?”. Es una pregunta que puede acompañar toda una vida.

Y mientras tanto, la sociedad sigue adelante.

Los diarios cambian sus tapas. Los gobiernos cambian. Los chicos crecen. Las generaciones pasan. Las guerras quedan en los libros de historia.

Pero para quienes estuvieron allí, Malvinas no es solamente una fecha.

Es una parte de la vida.

Por eso hay que tener cuidado cuando se pretende medir con la misma vara al veterano de combate y al militar que nunca tuvo que atravesar una guerra. No porque uno valga más que el otro, sino porque la experiencia humana que atravesaron es diferente.

El uniforme puede ser el mismo. La bandera también. El compromiso con la Patria puede haber sido sincero en ambos casos.

Pero el fuego deja marcas que ningún curso militar puede enseñar.

Durante mucho tiempo, muchos veteranos aprendimos a convivir con el silencio. A no contar demasiado. A responder “está todo bien” cuando no estaba todo bien. A guardar determinados recuerdos porque pensábamos que nadie podía comprenderlos.

Quizás haya llegado el momento de hablar de otra manera.

No para reclamar privilegios.

No para abrir heridas entre camaradas.

No para dividir a quienes vistieron un uniforme.

Sino para que la sociedad comprenda que detrás de cada veterano hay una historia que merece ser escuchada y respetada.

Malvinas dejó muertos, heridos y sobrevivientes. Pero también dejó hombres que tuvieron que reconstruir sus vidas después de haber conocido una realidad que la mayoría de nosotros, por fortuna, nunca tendremos que conocer.

Por eso, cuando alguien dice que todos los militares son iguales porque todos vistieron el mismo uniforme, habría que explicarle que la vida no funciona de esa manera.

La historia tampoco.

El uniforme une. La experiencia distingue.

Y hay una diferencia que solamente puede comprender quien estuvo allí.

Los veteranos no necesitamos que nos conviertan en héroes de bronce. Necesitamos que nos reconozcan como hombres que fueron jóvenes y que un día fueron enviados a una guerra.

Hombres que tuvieron miedo.

Hombres que perdieron amigos.

Hombres que volvieron.

Y hombres que, en muchos casos, todavía siguen peleando una batalla que nadie ve.

Porque la guerra puede terminar cuando dejan de sonar las armas.

Pero para algunos, la guerra continúa en el silencio.

Y quizás esa sea la verdadera deuda que todavía tenemos como sociedad: aprender a mirar más allá del uniforme y comprender que hay heridas que no sangran, pero que pueden durar toda una vida.

Momentos de reflexión

Porque el silencio nos hace cómplices.