EL 9 DE JULIO: LA INDEPENDENCIA COMO UNA TAREA QUE NUNCA TERMINA

(Por Tomás Casanova) – Cada 9 de Julio la Argentina vuelve la mirada hacia Tucumán, hacia aquel Congreso que en 1816 decidió romper definitivamente los vínculos con la Corona española y dar nacimiento formal a una Nación soberana. Es una fecha cargada de símbolos, de escarapelas, de actos escolares y de discursos oficiales. Pero también debería ser un momento para preguntarnos qué significa hoy ser verdaderamente independientes.

La independencia nunca fue un punto de llegada. Fue, y sigue siendo, un camino. Los hombres y mujeres que imaginaron un país libre sabían que la firma de un acta no resolvería por sí sola las desigualdades, las disputas internas ni los desafíos económicos. La libertad política era apenas el primer paso de una construcción mucho más compleja.

Esa mirada encuentra un eco interesante en las reflexiones que alguna vez compartió el actor y director Lito Cruz. A través de su interpretación de Juan José Castelli en La revolución es un sueño eterno, basada en la novela de Andrés Rivera, comprendió que la emancipación argentina estuvo lejos de ser una epopeya perfecta. Detrás de los próceres había hombres atravesados por contradicciones, frustraciones y enormes sacrificios. La revolución, sostenía, fue también un sueño que quedó abierto, una promesa que cada generación debe resignificar.

Lito Cruz entendía la historia como un organismo vivo. No creía en los próceres convertidos en estatuas inalcanzables, sino en personas de carne y hueso que discutían, se equivocaban y asumían riesgos extraordinarios para construir un país distinto. Tal vez por eso impulsó proyectos teatrales que llevaban la historia fuera de Buenos Aires y recuperaban el protagonismo de las provincias, recordando que la independencia se declaró en Tucumán y no en la comodidad del puerto.

Hay una enseñanza poderosa en esa visión. La soberanía no se defiende únicamente con fronteras o con declaraciones solemnes. También se construye fortaleciendo la educación, promoviendo la cultura, impulsando el trabajo, desarrollando la producción y generando oportunidades para que los argentinos puedan crecer sin depender permanentemente de soluciones ajenas.

La independencia económica, la independencia tecnológica, la independencia energética y la capacidad de agregar valor a nuestros recursos siguen siendo asignaturas pendientes. Son debates que atraviesan gobiernos de distintos signos políticos y que exceden cualquier coyuntura. Porque ningún país puede considerarse plenamente libre si no logra crear condiciones para que su talento, su industria y su conocimiento sean protagonistas de su desarrollo.

Quizá por eso el mayor homenaje a quienes firmaron el Acta de 1816 no consista únicamente en recordar sus nombres, sino en asumir que la construcción de la Nación continúa todos los días. Cada decisión que fortalece las instituciones, cada emprendedor que apuesta por producir, cada docente que forma ciudadanos, cada científico que investiga y cada trabajador que sostiene con esfuerzo la economía contribuyen, de alguna manera, a renovar aquel compromiso.

La independencia tampoco puede entenderse sin identidad. Y allí la cultura ocupa un lugar central. Un pueblo que conoce su historia, que valora su patrimonio y que mantiene vivo el debate sobre su futuro tiene más herramientas para decidir su propio destino. En ese sentido, el arte, como sostenía Lito Cruz, no es un adorno: es una forma de ejercer la libertad.

En tiempos de incertidumbre, cuando las urgencias económicas parecen imponerse sobre cualquier reflexión de largo plazo, conviene recordar que los congresales de Tucumán también tomaron decisiones en medio de enormes dificultades. No esperaron el momento perfecto. Entendieron que había valores que debían sostenerse aun cuando el contexto fuera adverso.

Doscientos diez años después, la Argentina sigue enfrentando desafíos diferentes, pero igualmente decisivos. La independencia ya no pasa por romper cadenas coloniales, sino por construir un país capaz de decidir su rumbo con instituciones sólidas, una economía estable y una sociedad que encuentre más motivos para unirse que para dividirse.

Porque, al fin y al cabo, la patria no es solamente un hecho del pasado. Es una obra colectiva que nunca termina de escribirse.