(Por Daniel Kipper) – No fue una palabra inocente, aunque acaso haya sido pronunciada con la ligereza con que suelen decirse las cosas más terribles. En su primera conferencia de prensa, Adrián Ravier explicó que las tarifas continuarían aumentando por encima de la inflación porque durante años permanecieron atrasadas y porque cada usuario debía afrontar el costo real del servicio que recibe. Hasta allí, la exposición podía parecer una de esas fórmulas económicas que pretenden ordenar el mundo desde la comodidad abstracta de los números. Pero entonces apareció la frase, desnuda y brutal, como una verdad que nadie había querido decir en voz alta: si tenés frío, abrígate.
A veces una época se delata menos por sus grandes discursos que por sus frases laterales. Allí donde el poder cree estar explicando una política pública, deja escapar su verdadera mirada sobre el ser humano. Porque “abrígate” no es un consejo doméstico ni una torpeza verbal. Es una confesión. Significa que el frío ya no interpela al Estado, que la intemperie ya no constituye un problema común y que la fragilidad de los cuerpos puede ser despachada con la misma naturalidad con que se corrige una variable en una planilla.
Durante la campaña electoral se prometió que el ajuste recaería sobre la política, sobre los privilegios, sobre esa palabra tan eficaz como imprecisa que se llamó “casta”. Muchos argentinos creyeron, o quisieron creer, que el sacrificio no sería exigido a quienes viven de un salario, de una jubilación o de un ingreso que se desvanece antes de llegar a fin de mes. Pero la realidad, que siempre termina abriéndose paso entre las consignas, muestra otra cosa: las tarifas aumentan por encima de la inflación, los combustibles aumentan por encima de la inflación y los servicios regulados aumentan por encima de la inflación, mientras jubilados, trabajadores y desocupados descubren que el equilibrio fiscal no solo recorta sus ingresos, sino que también llega cada mes bajo la forma silenciosa y despiadada de una factura.
Las preguntas, entonces, no son solamente políticas. Son esencialmente técnicas y morales. ¿Sobre qué estudio objetivo se determinó cuál es el costo real de cada servicio? ¿Dónde está publicada la metodología que explica por qué los aumentos deben tener esa magnitud y ese ritmo?
Hasta ahora, el Gobierno ha sostenido que las tarifas estaban atrasadas y que corresponde recomponer los precios relativos. Sin embargo, no ha difundido públicamente un estudio integral de costos que permita verificar si los incrementos responden efectivamente al costo económico de la prestación o si obedecen, ante todo, a una decisión discrecional de política económica.
La transparencia no debería terminar donde empieza la factura. El Estado que exige sacrificios tiene el deber de mostrar sus razones. De lo contrario, la política deja de ser una forma de deliberación pública para convertirse en una orden administrada desde arriba: fría, distante, ajena al sufrimiento concreto de los hombres y mujeres que deben soportarla.
Porque hay una distancia terrible entre el lenguaje del poder y la vida real. En una oficina calefaccionada, el aumento de tarifas puede llamarse sinceramiento. En la casa de un jubilado que apaga la estufa para poder comprar medicamentos, se llama miedo; ese miedo que lo obliga a optar entre el frío y la farmacia. En el informe de un funcionario, puede llamarse recomposición de precios relativos. En la mesa de una familia que calcula qué factura pagar primero, se llama angustia. En la planilla de un economista, puede llamarse corrección de distorsiones. En la noche de quien tiene frío, se llama abandono.
Debemos discutir seriamente los costos y la necesidad de otorgar subsidios en la economía argentina. Porque una sociedad no se mide solo por la exactitud de sus cuentas, sino por la manera en que trata a quienes quedan al borde del camino cuando las cuentas no cierran. Si es necesario corregir las distorsiones, la pregunta decisiva es quién paga el costo de la corrección, con qué velocidad, bajo qué fundamentos y con qué grado de humanidad.
“Abrígate” expresa, en ese sentido, algo más profundo que una política tarifaria. Expresa una escala de valores que redefine el vínculo entre el ciudadano y el Gobierno. El problema ya no pertenece a la comunidad: pertenece al individuo. Si la factura resulta impagable, reorganice su vida. Si la calefacción se vuelve un lujo, acostúmbrese al frío. Si el invierno golpea la puerta, no espere una política pública: busque un pulóver.
Hay frases que no necesitan gritar para ser crueles. Esta lo fue precisamente por su serenidad. No hubo furia ni amenaza. Hubo algo más inquietante: indiferencia. Y acaso nada resulte más devastador que la indiferencia cuando se la pronuncia desde el poder, porque transforma el dolor ajeno en un dato menor, en una incomodidad privada, en una falla de adaptación.
Quizás dentro de algunos años nadie recuerde el porcentaje exacto de los aumentos tarifarios. Las cifras envejecen, se reemplazan, se archivan. Pero algunas palabras persisten porque revelan una verdad que excede el momento en que fueron dichas. Tal vez “abrígate” quede como una de ellas: no por su elocuencia, sino por su brutal pobreza; no por haber explicado una política, sino por haber mostrado su alma.
Y entonces comprenderemos que aquella frase no hablaba solamente del frío. Hablaba de una época en la que el poder, frente a la intemperie de los otros, ya no sintió la obligación de ofrecer una respuesta.
Le alcanzó con recomendar un abrigo.
Abrígate, Argentina.