Hay argentinos que parecen destinados a cambiar la historia. No porque sus vidas sean iguales, sino porque, separadas por dos siglos y por universos completamente distintos, recorren caminos que sorprenden por sus coincidencias.
Uno nació en Yapeyú, el otro en Rosario, a orillas del Paraná. Ambos litoraleños crecieron lejos del lugar donde se concentraba el poder, pero terminaron representando a toda una Nación.
Muy temprano dejaron la Argentina, guiados por sus padres que buscaban un futuro para sus hijos. Uno tenía apenas seis años cuando partió hacia España; el otro, trece, cuando viajó a Barcelona persiguiendo un sueño que en su país se le negaba. Los dos pasaron más de dos décadas en suelo español. Allí crecieron, aprendieron su oficio, maduraron y alcanzaron un nivel de excelencia que el mundo terminaría admirando.
Los dos alcanzaron primero el reconocimiento en Europa. Uno enfrentando a los ejércitos napoleónicos y convirtiéndose en un oficial respetado. El otro conquistando el fútbol europeo hasta convertirse, quizás, en el mejor futbolista de todos los tiempos.
Ambos pudieron desentenderse definitivamente de la Argentina. Ninguno quiso hacerlo. Paradójicamente, el reconocimiento del mundo llegó antes que el abrazo definitivo de su propio pueblo. Sin olvidar jamás de dónde habían salido, respondieron a su manera. Cada uno, desde su lugar, consagró su talento al servicio de la Patria. Uno regresó para iniciar la gesta que cambiaría la historia de Sudamérica. El otro volvió una y otra vez para vestir la camiseta celeste y blanca, aun cuando las derrotas y las críticas parecían no tener fin.
Y aquí aparece otro punto de encuentro.
Los dos fueron cuestionados por los propios. A uno lo combatieron las intrigas políticas y la desconfianza de algunos contemporáneos. Al otro le reprocharon durante años los títulos que se negaban. Ambos conocieron la injusticia del juicio inmediato. Ambos soportaron el peso de una exigencia que sólo se reserva para los extraordinarios.
Eligieron el mismo lenguaje: los hechos. Uno escribió la historia con un sable. El otro con una pelota. Ninguno necesitó explicar quién era. El genio militar hablaba a través de sus campañas. El padre de la pelota respondió desde la cancha. Los hechos fueron sus mejores argumentos.
Los dos entendieron que los símbolos nacionales estaban por encima de cualquier interés personal. Para uno, la bandera representaba la libertad de un continente. Para el otro, la camiseta argentina era un compromiso que nunca estuvo dispuesto a abandonar, ni siquiera después de las derrotas más dolorosas.
La consagración definitiva tampoco fue inmediata. El primero debió esperar el juicio de la historia para ser reconocido como el Padre de la Patria y murió lejos de la tierra que había ayudado a liberar. El segundo atravesó finales perdidas, frustraciones y hasta una renuncia resumida en una frase que conmovió al país: “Se terminó para mí la Selección”. Como tantas veces ocurre con los grandes, el reconocimiento pleno llegó después.
No se trata de comparar sus obras. Sería un error tan injusto como innecesario. La independencia de una Nación y la grandeza deportiva pertenecen a dimensiones diferentes. Uno empuñó un sable. El otro, una pelota.
Quizás por eso sus historias dialogan a través del tiempo. No porque un sable pueda compararse con una pelota, sino porque ambos pusieron su talento al servicio de una misma causa: la Argentina. Porque, al fin y al cabo, la historia también se escribe con símbolos. Hubo un tiempo en que un sable abrió el camino de nuestra libertad. Dos siglos después, una pelota volvió a abrazar a millones de argentinos detrás de la misma bandera. No son gestas comparables. Sí son dos maneras distintas de servir a una patria.
Del sable a la pelota: dos historias que la Argentina escribió con la misma tinta.