(Por Tomás Casanova) – Cada vez que el movimiento obrero organizado decide poner en marcha una medida de fuerza de alcance nacional, vuelve a instalarse el mismo debate: si un paro sirve, si modifica decisiones políticas o si tiene capacidad real para alterar el rumbo económico. Sin embargo, quienes analizan únicamente el impacto inmediato suelen perder de vista el verdadero sentido histórico que tienen estas acciones para el sindicalismo argentino.
Un paro general de 36 horas no debe medirse solamente por la cantidad de pérdidas económicas o por si al día siguiente cambia una resolución del Gobierno. Su valor más profundo está en otro lado: en la demostración concreta de que el mundo del trabajo conserva capacidad de organización, representación y respuesta colectiva frente a políticas que afectan el empleo, el salario y las condiciones de vida.
La Confederación General del Trabajo ha demostrado a lo largo de su historia que su fortaleza nunca estuvo únicamente en detener la actividad económica, sino en expresar una voluntad social que excede a las estructuras sindicales. Cuando la CGT logra articular posiciones entre sectores dialoguistas y sectores más confrontativos, deja de ser una suma de dirigentes para convertirse nuevamente en la voz organizada de millones de trabajadores.
Esa unidad tiene un valor político enorme. Porque en tiempos donde muchas veces se intenta fragmentar al movimiento obrero, desacreditar la representación gremial o instalar la idea de que cada trabajador debe resolver individualmente sus problemas, la construcción colectiva vuelve a aparecer como una herramienta vigente.
Es cierto que el contexto actual presenta desafíos distintos a los de otras épocas. La informalidad laboral, el crecimiento del trabajo independiente, las nuevas modalidades digitales y el debilitamiento de ciertos sectores industriales hacen que una huelga ya no tenga el mismo efecto mecánico que durante gran parte del siglo XX. Pero eso no significa que haya perdido relevancia.
Por el contrario. En un escenario donde cada vez más trabajadores enfrentan situaciones de mayor vulnerabilidad, el sindicalismo vuelve a tener la responsabilidad de construir representación donde el mercado genera dispersión.
También es cierto que ningún paro, por sí solo, resuelve una disputa política de fondo. La historia demuestra que las grandes conquistas sociales nunca llegaron por una única medida aislada. Fueron producto de estrategias sostenidas que combinaron movilización, negociación, presencia institucional y construcción de consensos.
El paro general forma parte de ese repertorio democrático. Es una señal. Un límite. Un mensaje.
Desde el peronismo entendemos que el trabajo no es una variable de ajuste ni una mercancía más. Es el ordenador de la comunidad organizada. Por eso defender a la CGT no significa defender una estructura corporativa: significa defender uno de los pocos espacios que históricamente equilibraron las relaciones entre el capital y el trabajo.
Cuando algunos celebran el debilitamiento sindical, conviene recordar que las sociedades más desiguales no son aquellas donde existen demasiados sindicatos, sino aquellas donde los trabajadores dejan de tener voz.
La unidad del movimiento obrero no garantiza victorias automáticas. Pero sin esa unidad, la derrota de los trabajadores siempre llega más rápido.