(Por Tomás Casanova) – “La hora de los depredadores” plantea una idea incómoda pero vigente: el mundo funciona, cada vez más, como una maquinaria de voracidad. Un engranaje aceitado por el poder, el cálculo y la supremacía del más fuerte. No es una novedad. Lo inquietante es la naturalidad con la que esa lógica se acepta, se justifica e incluso se celebra.
Quien habla desde los libros suele hacerlo con frialdad quirúrgica. Analiza, clasifica, explica. Tiene razón muchas veces. Pero hay otra forma de conocimiento que no entra en los cuadros teóricos ni en las bibliografías: la vivencia. La experiencia concreta de ser parte —consciente o no— de esa maquinaria que devora. Porque no hay afuera: somos engranajes, víctimas y, a veces, cómplices.
Ahí aparece la grieta más profunda, no ideológica sino humana. ¿Estamos condenados a ser depredadores? ¿Es ese el destino final de la evolución? ¿O todavía hay lugar para una humanidad menos voraz, con más corazón y menos cálculo?
La educación, la fe y la experiencia enseñan algo que el puro racionalismo suele omitir: el ser humano no avanzó solo por la fuerza ni por la inteligencia fría. Avanzó también por la cooperación, la empatía, la creencia en algo que trasciende al individuo. Pensar que llegamos hasta aquí únicamente por la ley del más fuerte es tan reduccionista como peligroso.
La historia muestra otra cosa: cada salto civilizatorio estuvo acompañado por valores, por preguntas éticas, por la necesidad de darle sentido a la existencia. Incluso en los momentos más oscuros, hubo quienes eligieron no depredar, aun pagando un costo.
Y entonces surge la pregunta que incomoda a los intelectuales puros y consuela —o inquieta— a quienes creen: ¿hay un plan? ¿Existe una inteligencia superior, un orden cósmico, una deidad que haya puesto en marcha todo esto?
Si lo hay, ¿esa inteligencia fue buena o mala? ¿Correcta o indiferente? Tal vez la pregunta esté mal formulada. Tal vez no se trate de juzgar a la creación, sino de entender qué hacemos nosotros con ella. Porque si algo parece claro es que nada de lo que existe es azar puro, pero tampoco destino cerrado.
Sabemos —o intuimos— que todo fue creado. Lo que no está escrito es cómo seguimos. La evolución no terminó. Y el próximo paso no será tecnológico ni económico: será moral o no será.
En tiempos de depredadores, la verdadera rebeldía no es acumular más poder, sino recuperar humanidad. Creer que el ser humano puede ir un poco más allá de la voracidad. Apostar, aun con dudas, a que el corazón también es una forma de inteligencia.