NO ES UN TIEMPO PARA DÉBILES

(Por Tomáas Casanova para EL DELEGADO) – Hay momentos en la historia en los que la sociedad se ve obligada a mirarse al espejo. No para admirarse, sino para preguntarse qué valores sostiene cuando todo parece tambalear. La Argentina atraviesa uno de esos tramos decisivos. Y no es un tiempo para débiles.

Cuando se desmantelan derechos laborales conquistados durante décadas de lucha, cuando el discurso dominante naturaliza el ajuste como única salida y cuando la desigualdad deja de ser un problema para convertirse en método, lo que está en juego no es solo el salario o la estabilidad en el empleo. Lo que se discute es la dignidad.

Muchos creen que el cambio es automático. Que basta con adherir a una idea, a un espacio político o incluso a un camino espiritual para que la transformación ocurra por sí sola. Sin embargo, cualquiera que haya iniciado un proceso profundo de revisión personal sabe que no alcanza con el primer paso. Es cierto que al comenzar un sendero de superación se produce una limpieza importante, una descarga de culpas, errores y lastres del pasado. Ese punto de partida es fundamental. Pero no es suficiente.

La mejoría en lo cotidiano —en la relación con la pareja, con los hijos, con los padres— no se regala. Exige disciplina, práctica, tiempo invertido cada día. Nadie cambia de actitud sin esfuerzo. Nadie modifica su forma de pensar o de sentir si no entrena la voluntad. Somos seres de práctica. Lo mismo ocurre en el plano colectivo.

Los derechos laborales no se sostienen por inercia. No son una herencia automática que se transmite intacta de generación en generación. Se defienden con conciencia, organización y compromiso. La derecha, en el país y en buena parte del mundo occidental, ha comprendido algo que el campo popular a veces olvida: el poder se construye todos los días. Con método, con perseverancia, con una estrategia clara.

Mientras millones de trabajadores intentan sobrevivir a la inflación y la precarización, se instala la idea de que reclamar es un privilegio y no una necesidad. Se presenta al empleo estable como una rigidez y no como una garantía. Se demoniza la organización sindical y se celebra la competencia individual como si fuera virtud suprema. En ese clima, la violencia no siempre es física; muchas veces es simbólica, económica, cultural.

Ante esa violencia —que viene en forma de despido, de reforma regresiva, de estigmatización— cabe preguntarse cómo responder. Defenderse no es agredir. Defenderse es comprender que sin acumulación de energía social, sin tiempo invertido en formación y conciencia, cualquier conquista puede evaporarse.

Quien dedica horas diarias a fortalecer su espíritu sabe que el entrenamiento constante modifica la forma de vincularse con quienes no comparten el mismo camino. De igual manera, una sociedad que entrena su memoria histórica y su compromiso con la justicia social cambia su modo de reaccionar frente al atropello.

No es un tiempo para la comodidad ni para la indiferencia. Es un tiempo para acumular puntos de conciencia, para revisar nuestras actitudes y para comprender que la libertad sin derechos es apenas una palabra vacía. La dignidad del trabajo no puede quedar librada al mercado ni al humor de los poderosos.

Cambiar requiere tiempo. Defender también. Y si algo enseña la historia es que cada retroceso comienza cuando los que deberían resistir creen que el esfuerzo ya no es necesario. Hoy más que nunca, sostener valores, proteger derechos y fortalecer la voluntad colectiva no es una opción moral abstracta: es una urgencia concreta.

Porque cuando el mal avanza organizado, la respuesta no puede ser la resignación. Y porque, definitivamente, no es un tiempo para débiles.