MALVINAS NO ES UN RECUERDO: ES UNA DEUDA ABIERTA CON QUIENES SOSTIENEN LA PATRIA

(Por Tomás Casanova) – Cada 2 de abril, cuando la Argentina conmemora el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, la escena se repite: discursos, actos, banderas y promesas que muchas veces se diluyen con el paso de los días. Pero hay historias que no se apagan. Que no se acomodan a la coyuntura ni al oportunismo político. Historias como la de Ernesto Orlando Peluffo, que obligan a mirar de frente lo que fuimos y, sobre todo, lo que somos.

Peluffo tenía 20 años cuando fue enviado al frente en la Guerra de Malvinas. En Darwin-Pradera del Ganso recibió un disparo en la cabeza y, aun así, siguió al mando de sus hombres. No es épica vacía: es una postal brutal de lo que significó aquella guerra. Jóvenes enfrentando la muerte con lo puesto, con coraje, pero también con carencias que aún hoy duelen.

Su historia, como la de tantos otros, desnuda una contradicción que atraviesa décadas: la distancia entre el sacrificio de los de abajo y las decisiones de los de arriba.

Porque mientras soldados como Peluffo defendían la soberanía en condiciones extremas, la dirigencia —de ayer y de hoy— parece muchas veces confundir ese concepto, vaciarlo, usarlo según la conveniencia del momento. La soberanía no es un discurso de ocasión ni una consigna de tribuna. Es responsabilidad. Es coherencia. Es respeto por quienes dejaron todo.

En tiempos de crisis social, donde el trabajo se precariza y el esfuerzo cotidiano pierde valor frente a la especulación, la figura de Peluffo adquiere otro sentido. Ya no es solo el excombatiente: es el símbolo de un país que resiste desde abajo.

Porque después de la guerra, lejos de cualquier privilegio, eligió el campo, el trabajo, la reconstrucción silenciosa. Como millones de argentinos que no salen en los titulares, pero sostienen la economía real con las manos, el cuerpo y la dignidad.

Ahí es donde aparece la verdadera dimensión de este homenaje. Peluffo no representa solo a los veteranos. Representa a cada trabajador que, en medio de la incertidumbre, sigue cumpliendo. A cada delegado que defiende derechos en condiciones adversas. A cada argentino que no se rinde.

En ese espejo incómodo debería mirarse la dirigencia. Porque no hay soberanía posible si se le da la espalda a quienes producen, trabajan y sostienen el entramado social. No hay épica que resista cuando la realidad empuja a miles a sobrevivir como pueden.

Malvinas no terminó en 1982. Sigue presente en cada decisión que se toma —o se deja de tomar— en nombre del país.

Recordar a Peluffo es, en definitiva, una forma de ordenar prioridades. De entender que la patria no se declama: se construye con hechos. Y que los verdaderos protagonistas no son los que hablan de ella, sino los que la sostienen todos los días.

En este nuevo aniversario, el homenaje no puede ser solo memoria. Tiene que ser compromiso.

Porque si algo enseñaron aquellos jóvenes en las islas es que la soberanía no admite confusiones. Ni entonces, ni ahora.