LOS ASIENTOS DEL PODER (Por Tomás Casanova)

Hay una escena que se repite, casi como una metáfora incómoda de época: hombres que llegan a un sillón sin haber entendido nunca qué implica sentarse en él. No es un problema nuevo, pero en la Argentina de hoy adquiere una crudeza particular. Porque mientras buena parte de la sociedad ajusta el cuerpo para sobrevivir en asientos cada vez más duros, otros parecen haberse acostumbrado a la comodidad del poder como si fuera un derecho adquirido.

La política, como la vida, asigna asientos. Algunos son incómodos, otros exigen equilibrio permanente y unos pocos ofrecen una vista privilegiada. Pero todos —sin excepción— son transitorios. Nadie se queda para siempre. Y, sin embargo, hay quienes gobiernan como si el sillón fuera eterno.

Ahí aparece la distancia. De un lado, trabajadores que saben que el asiento se sostiene con esfuerzo, que puede moverse en cualquier momento, que no garantiza nada. Del otro, funcionarios que actúan como si hubieran llegado por mérito exclusivo, por astucia o por superioridad moral. Esa desconexión no es sólo estética: es política.

El caso de Manuel Adorni —hoy convertido en una figura central del oficialismo— sintetiza esa lógica. La exposición permanente, el tono sobrador, cierta ostentación discursiva que roza lo frívolo, contrastan con una realidad social donde cada peso cuenta. No se trata de cuestionar personas en términos individuales, sino de observar un estilo: el del poder que se mira al espejo y se celebra mientras la base se resquebraja.

Más arriba, la figura de Javier Milei amplifica ese fenómeno. Entre escándalos, exabruptos y decisiones de alto impacto, el gobierno de La Libertad Avanza parece moverse entre la épica declamada y la fragilidad real. Como si el sillón fuera un escenario antes que una responsabilidad.

Pero el problema no es sólo el ruido. Es el uso del asiento.

Porque usar mal el poder tiene consecuencias. No es una cuestión filosófica: es concreta. Cuando quien conduce no acepta el peso de su lugar, cuando cree que el cargo es un premio y no una carga, lo que se rompe es el vínculo con los que están abajo, sosteniendo el sistema. Y eso, tarde o temprano, se paga.

Hay una idea simple que muchos parecen haber olvidado: el asiento viene con todo el combo. No se puede querer el privilegio sin el sacrificio. No se puede aspirar al mando sin hacerse cargo de las consecuencias. No se puede gobernar pensando que el sillón es propio.

En la vida cotidiana, cualquiera lo entiende. Un padre de familia, un trabajador, un pequeño empresario: todos saben que el lugar que ocupan exige responder. Nadie puede correrse cuando la situación se vuelve incómoda. Sin embargo, en la cima del poder esa lógica parece invertirse.

Quizás por eso la Argentina vive en una tensión constante: entre los que aceptan su asiento —aunque sea duro— y los que lo usan como si fuera un trono.

El tiempo, como siempre, ordena. Llega un momento en que hay que levantarse. Y no hay forma de aferrarse al sillón cuando eso ocurre. No hay discurso, ni marketing, ni relato que lo impida.

La verdadera pregunta es otra: cuando llegue ese momento, ¿habrán estado a la altura del asiento que ocuparon?

Porque al final, más temprano que tarde, todos se levantan. Y lo único que queda es cómo se sentaron.