(Por Pablo Roma) – En tiempos de ajuste feroz, salarios licuados y jubilaciones en retirada, las viejas frases de Juan Domingo Perón vuelven a retumbar con una actualidad incómoda. No como consignas vacías, sino como brújula política en medio de la tormenta. Si “la única verdad es la realidad”, entonces el peronismo está obligado a mirar de frente el deterioro social que atraviesa la Argentina y asumir que la resistencia no es un gesto romántico, sino una necesidad histórica.
El experimento libertario que encabeza Javier Milei avanza con una lógica de demolición: Estado mínimo, mercado absoluto, desprecio por la política y por la mediación social. La promesa de libertad se traduce en despidos, paralización de la obra pública, caída del consumo y un tejido productivo que cruje en cada provincia. Frente a ese escenario, el peronismo no puede limitarse a la denuncia; debe reconstruir una alternativa de poder.
Perón advertía: “Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar”. La frase interpela hoy a una dirigencia que, golpeada por derrotas y fragmentaciones, tiene el desafío de volver a organizar esperanza. No alcanza con discursos encendidos contra el ajuste; se necesita un programa claro de recuperación del salario, defensa de la industria nacional, fortalecimiento del mercado interno y reconstrucción del pacto social. Sin realización concreta, no hay doctrina que sobreviva.
“Gobernar es fácil, lo difícil es conducir”, enseñaba el general. Conducir implica ordenar, escuchar, sintetizar intereses y ofrecer un rumbo. En la crisis, la conducción no se declama: se ejerce. El peronismo deberá dirimir sus debates internos sin perder de vista al pueblo trabajador que sufre la pérdida del empleo y la incertidumbre cotidiana. Porque si algo dejó en claro la historia es que los vacíos políticos no duran: alguien los ocupa.
Otra sentencia, tantas veces citada como polémica, resuena con un matiz distinto: “Al amigo, todo; al enemigo, ni justicia”. Más allá de su dureza, el mensaje subyacente es la lealtad a un proyecto colectivo. La política no es neutralidad; es toma de partido. Y el peronismo, si pretende recuperar centralidad, deberá definir con nitidez a quién representa: si a los sectores concentrados que celebran la desregulación o a las mayorías que padecen sus consecuencias.
“Para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista.” La unidad no es un eslogan sino una condición de supervivencia. En un contexto donde la fragmentación debilita cualquier intento opositor, la doctrina justicialista exige coherencia y solidaridad interna. Las diferencias existen y son legítimas, pero la dispersión solo favorece al adversario.
Y acaso la advertencia más contundente sea aquella que afirma que “cuando los pueblos agotan su paciencia, hacen tronar el escarmiento”. No se trata de alentar el caos, sino de comprender la dinámica social. La historia argentina demuestra que los procesos de ajuste extremo generan reacciones. La responsabilidad del peronismo es canalizar el descontento dentro de la democracia, con organización, propuestas y conducción.
Perón supo decir también que llevaba en sus oídos “la más maravillosa música”, la palabra del pueblo. Esa escucha es hoy más urgente que nunca. El peronismo deberá volver a los barrios, a las fábricas, a las universidades, a las pymes, para reconstruir desde abajo una alternativa que no sea mero reflejo del pasado, sino respuesta concreta al presente.
Si la realidad es la única verdad, entonces el desafío está planteado: transformar la resistencia en proyecto y la memoria en futuro. En medio de la crisis, el peronismo tiene la oportunidad —y la obligación— de demostrar que su vigencia no depende de la nostalgia, sino de su capacidad de ofrecer una salida frente a un modelo que, para muchos argentinos, ya empieza a mostrar su rostro más áspero.