(Por Tomás Casanova para ELDELEGADO) – En tiempos de reforma y reproches, el movimiento obrero organizado atraviesa una encrucijada que obliga a repensar su papel sin caer en simplificaciones ni oportunismos.
Hay épocas en que la historia aprieta. No concede descanso ni márgenes para la comodidad moral. Son momentos en los que, como escribió Albert Camus, el hombre descubre que vive en un universo sin propósito evidente, donde el absurdo no es una teoría sino una experiencia cotidiana. La Argentina laboral atraviesa uno de esos tramos.
La reforma laboral en debate removió viejas discusiones y despertó nuevas sospechas. En ese clima, el movimiento obrero organizado —con la Confederación General del Trabajo como columna vertebral del sindicalismo peronista— volvió a ser blanco de críticas. Se la acusa de tibieza, de cálculo, de no haber defendido con la vehemencia necesaria derechos conquistados tras décadas de lucha. Las redes hierven. Los estudios televisivos dictan sentencia. Pero la realidad, como siempre, es más compleja.
Camus sostenía que frente al absurdo caben tres caminos: la negación, el suicidio o la rebelión lúcida. La CGT, con sus tiempos y sus internas, eligió históricamente la tercera opción: resistir sin romper del todo, negociar sin rendirse, sostener estructura aun cuando el vendaval invite a dinamitarlo todo. Esa decisión puede irritar a quienes prefieren la épica inmediata. Pero gobernar un sindicato no es escribir consignas; es administrar conflictos, salarios, paritarias y empleos concretos.
Muchos buscan hoy un “maestro espiritual” que señale el rumbo, alguien que diga qué hacer, cómo predisponerse, cómo prepararse para recibir la mayor cantidad de bendiciones en medio del caos. La metáfora no es ingenua. Todo aprendizaje requiere guía. Nadie aprende a caminar solo. Nadie atraviesa la escuela sin docentes. Tampoco el movimiento obrero puede recorrer su propio camino sin conducción. La experiencia acumulada de los secretarios generales —incluso de los más antiguos— no es un lastre automático; es memoria institucional.
Eso no implica sacralizarlos. Un maestro no es infalible. Un dirigente tampoco. Pero en un país dominado por estímulos y restricciones de todo tipo, donde cada medida económica se vive como trauma, romper los puentes de representación puede ser más dañino que sostenerlos críticamente. La historia argentina ofrece suficientes ejemplos de fragmentación sindical que terminaron debilitando al trabajador común, ese que no debate en televisión sino que marca tarjeta.
Se escucha que “no hay defensa real” si no hay paro general permanente. Sin embargo, la defensa de derechos también se libra en mesas técnicas, en redacciones de artículos, en cláusulas que atenúan retrocesos. No todo se resuelve en la calle ni todo se resuelve en un despacho. La política sindical es una tensión constante entre presión y negociación. Reducirla a una foto es desconocer su dinámica.
Alguien decía que en tiempos traumáticos conviene viajar con una mochila que lleve un libro sagrado, por si llega la ñarca y hay que rezar. Tal vez la CGT viaja con otra clase de equipaje: convenios colectivos, obras sociales, estructuras territoriales. No viaja hacia lo desconocido; se mueve entre escenarios que ya transitó: crisis, reformas, intentos de flexibilización. Como aquel viajero que llevaba apenas un maletín porque en cada destino tenía lo necesario, el sindicalismo histórico sabe que su capital no está en lo que exhibe sino en lo que ya construyó.
El absurdo, enseñaba Camus, no se resuelve: se enfrenta. La pregunta no es si la CGT es perfecta —no lo es— sino si en este momento histórico conviene dinamitar la única estructura nacional capaz de articular millones de trabajadores bajo una identidad común. Criticar es legítimo. Exigir más firmeza, también. Pero desconocer la complejidad del tablero y el peso de la responsabilidad puede llevar a una pureza estéril.
Quizás el desafío no sea buscar un nuevo gurú sindical ni esperar revelaciones súbitas, sino predisponerse a una rebelión consciente, organizada y estratégica. En un universo que no ofrece garantías, la dignidad del trabajo sigue siendo una construcción colectiva. Y esa construcción, con sus luces y sombras, todavía pasa por la CGT.