CUANDO LA CONFUSIÓN SE PRESENTA COMO IDENTIDAD UNA ADVERTENCIA NECESARIA SOBRE LAS NUEVAS NARRATIVAS JUVENILES

(Cámara Pastoral de Zárate. Profesor Gustavo Maidana) – En los últimos tiempos estamos viendo con preocupación la difusión de ciertas narrativas que promueven la autoidentificación como animales —conocidas en redes como therian— especialmente entre adolescentes y jóvenes. No es un fenómeno aislado ni anecdótico: es una tendencia que crece en comunidades digitales y que está empezando a instalarse como una forma válida de identidad.
Y acá es donde como adultos responsables no podemos mirar para otro lado.
No estamos hablando de un juego infantil ni de una simple expresión artística. Estamos hablando de jóvenes que atraviesan procesos de construcción de identidad en etapas profundamente sensibles de su desarrollo psíquico y emocional. Cuando en ese momento de fragilidad se les propone que su humanidad es opcional o intercambiable, el riesgo no es menor.
El problema no es la creatividad. El problema es la confusión.
La adolescencia ya es, de por sí, una etapa de preguntas intensas:
¿Quién soy? ¿Dónde pertenezco? ¿Cuál es mi valor?
Si en vez de acompañar esas preguntas con contención, límites sanos y orientación firme, las respondemos validando cualquier autopercepción sin análisis, lo que estamos haciendo no es incluir: es abandonar.
Desde la experiencia pastoral, docente y social, vemos con claridad algo que a veces el discurso cultural intenta invisibilizar: muchas de estas narrativas no fortalecen la identidad, la fragmentan. No integran a los jóvenes a la comunidad, muchas veces los aíslan más. No los conectan con su humanidad, sino que profundizan procesos de disociación y desconexión.
La evidencia clínica muestra que la adolescencia vulnerable es especialmente permeable a fenómenos de identificación grupal amplificados por redes sociales. Cuando esas comunidades refuerzan dinámicas de ruptura con la identidad humana básica, pueden agravarse cuadros de ansiedad, trastornos de identidad y estados depresivos.
Y lo digo con absoluta responsabilidad: romantizar estas expresiones puede retrasar intervenciones necesarias y dificultar el acceso a acompañamiento profesional serio.
No se trata de estigmatizar ni de ridiculizar a nadie. Se trata de entender que detrás de muchas de estas manifestaciones hay dolor, soledad, necesidad de pertenencia y, en algunos casos, fragilidad psíquica real.
Como sociedad debemos hacernos una pregunta incómoda pero urgente:
¿Estamos ayudando a nuestros jóvenes a afirmarse en su dignidad humana o estamos celebrando su desconcierto?
Aceptar sin discernimiento no es amor.
Validar sin criterio no es inclusión.
Callar por presión cultural no es neutralidad.
Es negligencia adulta.
Los jóvenes necesitan adultos presentes. Necesitan límites claros. Necesitan verdad, aunque no sea popular. Necesitan acompañamiento profesional cuando hay señales de desorden emocional. Y sobre todo, necesitan que alguien les recuerde que su valor no depende de una narrativa viral sino de su dignidad intrínseca como personas.
El desafío no es perseguir ni censurar. El desafío es cuidar.
Si naturalizamos cualquier autopercepción sin análisis crítico, corremos el riesgo de generar consecuencias a largo plazo: mayor confusión identitaria, debilitamiento del sentido de pertenencia social y, en casos extremos, aumento del riesgo de conductas autolesivas en jóvenes vulnerables.
No podemos construir futuro sobre identidades fragmentadas.
Como educadores, padres, líderes comunitarios y responsables públicos, tenemos el deber de intervenir a tiempo, de promover salud mental, de fortalecer vínculos reales y de defender la integridad humana.
La compasión verdadera no consiste en afirmar todo lo que alguien siente.
Consiste en acompañarlo a integrar su identidad con madurez, verdad y cuidado.
Porque cuando la cultura aplaude la confusión, alguien tiene que animarse a hablar con claridad.
Y hablar con claridad, en este tiempo, también es un acto de amor. La Escritura establece un fundamento que trasciende modas, ideologías y tendencias culturales:
“Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.”
— Génesis 1:27
No se trata de adaptarnos a cada corriente cultural, sino de renovar el entendimiento. No se trata de validar toda percepción, sino de discernir. No se trata de imponer, sino de guiar.
Nuestros jóvenes no necesitan que el mundo les diga que pueden ser cualquier cosa.
Necesitan que alguien les recuerde quiénes son realmente.
Y eso empieza por afirmar con claridad que la dignidad humana no es una narrativa digital: es una verdad profunda que debemos cuidar.