CIERRA FATE Y YA SON MILES LOS TRABAJADORES QUE PAGAN EL COSTO DEL MODELO ECONÓMICO

San Fernando, provincia de Buenos Aires — El portón de FATE S.A.I.C.I. amaneció cerrado y con un cartel que confirmó lo que nadie quería leer: la histórica planta de neumáticos deja de producir y 920 trabajadores quedan en la calle. La decisión, comunicada sin instancias previas de negociación pública, golpea de lleno a casi mil familias y vuelve a encender la alarma sobre el rumbo económico que atraviesa la industria nacional.

La fábrica, emblema del desarrollo industrial argentino durante décadas, apaga sus hornos en un contexto de caída del consumo, apertura de importaciones y retracción general de la actividad manufacturera. En los alrededores de la planta, los operarios —muchos con más de 20 y 30 años de antigüedad— se agrupan con incredulidad. No discuten tecnicismos financieros: hablan de alquileres, de cuotas escolares y de un mercado laboral que no ofrece alternativas reales.

El cierre de FATE no es un hecho aislado. Según distintos relevamientos privados y sindicales, desde fines de 2023 hasta el cierre de 2025 bajaron sus persianas más de 21.000 empresas en todo el país y se perdieron cerca de 290.000 puestos de trabajo registrados. La contracción industrial se siente con fuerza en los parques fabriles del conurbano bonaerense, Córdoba, Santa Fe y Tierra del Fuego.

En Pilar, la multinacional Whirlpool redujo operaciones y dejó a más de 200 trabajadores sin empleo, con impacto inmediato en pymes proveedoras que también comenzaron a despedir personal. En el sector de autopartes y manufacturas industriales, firmas como Dana Incorporated aplicaron recortes que afectaron a cientos de familias. En la industria del calzado y textil, la empresa Dass avanzó con despidos en su planta de Misiones en medio de una caída sostenida de ventas y mayor ingreso de productos importados.

En Tierra del Fuego, el retroceso de la producción electrónica dejó miles de empleos menos en los últimos dos años, con un efecto dominó sobre comercios y servicios vinculados. En paralelo, pequeñas y medianas industrias metalúrgicas, textiles y alimenticias reducen turnos o directamente cesan actividades frente a costos que no logran compensar con ventas.

El denominador común que señalan empresarios pymes y trabajadores es la combinación de recesión, apertura comercial acelerada y retracción del mercado interno. Mientras tanto, en el Congreso de la Nación Argentina avanza la discusión de reformas laborales que apuntan a flexibilizar condiciones de contratación, en medio de un escenario donde el problema central no parece ser la legislación vigente sino la ausencia de demanda y de políticas de estímulo productivo.

En Virreyes, la discusión adquiere un tono concreto: 920 salarios que desaparecen de un día para el otro. Cada puesto perdido impacta en almacenes, transportistas, escuelas y comercios del barrio. No es solo una estadística industrial, es una cadena que se corta en múltiples eslabones.

Los trabajadores despedidos insisten en que la crisis no se resuelve abaratando indemnizaciones ni modificando convenios, sino recuperando producción y mercado interno. El cierre de FATE se convierte así en símbolo de un modelo que, bajo la promesa de modernización y apertura, deja fábricas vacías y familias enteras sin sustento.

La imagen del portón cerrado resume el momento: una industria que supo ser bandera del desarrollo nacional queda fuera de juego, mientras el debate político transcurre en otro plano. Para los 920 despedidos, la discusión ya no es ideológica. Es urgente. Es cotidiana. Y es, sobre todo, la pregunta de cómo sostener la vida cuando el trabajo desaparece.