(Por Pablo Roma — El Delegado) – Los despidos en Whirlpool, sumados al cierre de más de 17.000 empresas en menos de dos años, exponen un fenómeno devastador: bajo el gobierno de Javier Milei y su dogmatismo libertario, la sociedad argentina parece haber naturalizado la tragedia. Ni protestas, ni resistencia, ni siquiera bronca: solo silencio, miradas perdidas y hasta sonrisas nerviosas de trabajadores que salen a la calle con su futuro destruido. Una resignación colectiva que desnuda el fracaso moral de un modelo que convierte el sufrimiento humano en estadística y empuja a las familias hacia un abismo social, psicológico y espiritual sin precedentes.
El cierre de la planta de Whirlpool en Pilar no fue solo el final abrupto de un proyecto industrial. Fue un espejo. Un espejo oscuro que reflejó la transformación más brutal y dolorosa de la Argentina actual: la pérdida de la capacidad de reaccionar frente a la injusticia. Los videos que circularon en redes, mostrando a los despedidos saliendo en silencio, casi indiferentes, algunos incluso sonriendo con resignación, son la postal exacta de un país que ha sido quebrado por dentro.
En otras épocas —más duras, más pobres, más complejas— los despidos masivos generaban bronca, resistencia, protestas, sindicatos movilizados, familias enteras defendiendo su dignidad en la puerta de la fábrica. Hoy, en la Argentina gobernada por el libertarismo de Milei, el dolor ya no se grita: se traga en silencio. Como si cada trabajador hubiese aceptado que ya no hay nada que hacer. Como si la injusticia fuera inevitable. Como si perder el trabajo fuera tan normal como perder un colectivo.
El caso Whirlpool es apenas una miga en un derrumbe colosal: más de 17.000 empresas cerradas en menos de dos años; más de 3.600 firmas desaparecidas solo en el primer semestre; miles de comercios, talleres, PyMEs, industrias y emprendimientos que se apagaron sin generar ni una protesta, ni un paro, ni un corte de calle. Empresas familiares de décadas que bajaron la persiana llorando; trabajadores que aceptan retiros voluntarios forzados; familias que se endeudan para comer; y un gobierno que celebra la destrucción como “libertad económica”.
Esa es la perversión del modelo que hoy domina el país: cuanto más duele, más exige que uno diga “gracias”.
Detrás de cada despido hay un terremoto emocional que no aparece en ningún índice inflacionario: angustia, miedo, pérdida de la autoestima, incertidumbre total. El trabajador despedido no solo pierde un ingreso: pierde su lugar en el mundo, su identidad, su rol social, su rutina, su certeza de mañana. Y su familia pierde estabilidad, seguridad, horizonte.
A eso se suma otro drama que se vuelve insoportable: la deuda. Miles de argentinos tomaron créditos personales para comprar alimentos, medicamentos, útiles escolares, pañales o reparar un electrodoméstico. El salario ya no alcanzaba. Esos créditos ahora son impagables. Para muchos, el despido significa caer en mora inmediata: llamados diarios, intereses usureros, amenazas de embargo, destrucción psicológica.
El libertarismo desprecia el efecto humano de la economía. Pero la realidad es simple: una familia endeudada y sin empleo no es una estadística; es una bomba emocional. Y hoy, en la Argentina de Milei, esas bombas se cuentan por millones.
Sin sindicatos fuertes, sin Estado presente, sin redes de contención, sin comunidad organizada, la sociedad queda librada al individualismo más cruel. Una supervivencia estilo “sálvese quien pueda” que no tiene nada de libertad y mucho de abandono moral. La filosofía libertaria —que romantiza la selva y ridiculiza la justicia social— está convirtiendo a la Argentina en un país donde la solidaridad se ve como debilidad y la empatía como un costo.
Por eso los videos de Whirlpool duelen tanto. Porque muestran lo que nos está pasando como sociedad: una naturalización del derrumbe. Un acostumbramiento al sufrimiento propio y ajeno. Una apatía que solo nace cuando la esperanza ya fue aplastada.
Lo que está en juego no es un índice económico ni una discusión ideológica: es el alma de un pueblo. Y si este silencio colectivo continúa, la Argentina no solo perderá empleos, empresas y derechos: perderá su humanidad.
La justicia social y los valores cristianos —la compasión, la solidaridad, el cuidado del que sufre— no pueden ser recuerdos nostálgicos. Hoy son urgencias morales. Son la única defensa frente a un modelo político que convierte al trabajador en descartable y a la familia en una deuda que camina.
Porque un país donde los despedidos salen en silencio, casi sonriendo de impotencia, es un país que está dejando de luchar —y eso, en sí mismo, es la tragedia más grande de todas.