EL AMOR LE GANA AL ODIO Y LE MARCA UN CAMINO AL PERONISMO

Los triunfos demócratas y los discursos de James Talarico y Zohran Mamdani recuperan una bandera que la Argentina conoce bien. Frente a los multimillonarios que alimentan las divisiones, la organización popular puede construir una mayoría que defienda a quienes trabajan. Una enseñanza para enfrentar a Milei sin abandonar a nuestro pueblo.

Por Pablo Roma | Opinión para ELDELEGADO

Hay una noticia que debería escucharse con atención en cada sindicato, en cada unidad básica y en cada barrio argentino. En Estados Unidos, donde Donald Trump convirtió la agresión en una herramienta de poder, también se puede ganar convocando a cuidar al otro. Se puede enfrentar a los multimillonarios, hablar de los problemas de las familias trabajadoras y construir una victoria sin pedirle al pueblo que odie a otro pueblo.

James Talarico lo expresó después de ganar la elección al Senado por Texas. El dirigente demócrata, docente y seminarista presbiteriano, puso en el centro de su discurso una política del amor capaz de derrotar a la división. También ganó en Kansas el pastor metodista Adam Hamilton, quien llamó a recuperar los vínculos entre ciudadanos de distintas pertenencias políticas. Son trayectorias diferentes, pero ambas cuestionan la supuesta invencibilidad de la derecha que gobierna sembrando enemistades.

Talarico apuntó al mecanismo que sostiene buena parte de ese poder. Denunció que los sectores de arriba enfrentan a la sociedad por su origen, su religión o su identidad, mientras avanzan sobre sus condiciones de vida. La traducción argentina resulta dolorosamente familiar. Un trabajador discute con otro trabajador, el que conserva su empleo se enfrenta con quien lo perdió y el jubilado aparece convertido en un gasto. Mientras tanto, la pregunta por quién concentra la riqueza queda fuera de la conversación.

Ese es el gran negocio político del odio. Conseguir que quien vuelve agotado a su casa encuentre un culpable más débil, alguien cercano sobre quien descargar su angustia. Que mire con bronca al vecino y deje de mirar las decisiones que determinan cuánto cobra, cuánto paga y cuánto le queda para vivir.

Un año antes, al ganar la alcaldía de Nueva York, Zohran Mamdani había unido la esperanza con compromisos concretos para aliviar la vida cotidiana. Habló de congelar alquileres regulados, de colectivos gratuitos y de cuidado infantil universal. Promesas de campaña que deberán juzgarse por su cumplimiento, pero que recuperaron una pregunta fundamental para cualquier gobierno. ¿Puede vivir en su ciudad la gente que la hace funcionar todos los días?

Para el peronismo, esa pregunta tiene historia. La ciudad también pertenece a quien limpia sus hospitales, conduce sus colectivos, atiende sus comercios y construye sus viviendas. El país también pertenece a quienes producen su riqueza. Cuando vivir del propio trabajo se vuelve una hazaña, hay una injusticia que la política tiene la obligación de corregir.

Por eso el amor, entendido como fuerza política, exige mucho más que buenos modales. Se vuelve reconocible en un salario que alcanza, en una jubilación digna, en una escuela con recursos y en una negociación paritaria donde el trabajador puede discutir sus condiciones sin miedo. Necesita presupuesto, leyes, organización sindical y voluntad de tocar intereses.

La tradición de Perón y Evita tiene mucho para aportar a esa discusión. La comunidad organizada nace de reconocer que nadie se realiza en una sociedad que abandona a los demás. La justicia social convierte ese reconocimiento en derechos. Y el movimiento obrero sostiene, con su organización, una fuerza capaz de impedir que cada trabajador quede solo frente al poder económico.

Desde ahí debe construirse la respuesta a Javier Milei. Con una oposición firme a un proyecto que presenta la solidaridad como una carga y hace de la crueldad una demostración de autoridad. Con la convicción de que un derecho laboral protege una vida y de que detrás de cada partida presupuestaria hay personas concretas.

También con inteligencia para volver a hablar con quienes votaron al Gobierno. El trabajador que eligió a Milei después de años de frustración necesita una propuesta que mejore su vida. Despreciarlo sería regalarle a la derecha una distancia que el campo popular tiene que cerrar. Escucharlo implica hacerse cargo de los errores propios y ofrecer un futuro creíble.

Los multimillonarios que utilizan su poder para dividir merecen una confrontación política sin ambigüedades. Su fortuna no les concede más derechos que al resto ni los habilita a tratar la democracia como una propiedad. Cuando el dinero permite dominar la conversación pública y condicionar las decisiones colectivas, la igualdad ante las urnas empieza a vaciarse.

La respuesta popular tiene que recuperar esa igualdad y darle contenido. Defender al pequeño comerciante junto con el asalariado, al productor junto con el jubilado, a la enfermera junto con el estudiante. Reconstruir los vínculos que permiten reconocerse en una misma suerte, aun con diferencias.

Las victorias estadounidenses abren una posibilidad. No garantizan el final del trumpismo ni resuelven por anticipado el futuro argentino. Pero muestran que la resignación puede romperse, que el dinero encuentra límites cuando enfrente hay participación y que una mayoría también puede reunirse alrededor del cuidado mutuo.

El peronismo debería escuchar ese mensaje con sus propios oídos y traducirlo con su propia historia. Amor contra Trump. Amor contra Milei. Un amor con coraje para enfrentar privilegios y con paciencia para reconstruir la confianza entre los de abajo.

Porque cuando el pueblo deja de pelearse por las migajas y se organiza para reclamar lo que le corresponde, los dueños de todo empiezan a perder su principal ventaja.

El amor vence al odio cuando se convierte en organización. Y la organización tiene sentido cuando logra que vivir y trabajar con dignidad vuelva a ser un derecho de todos.