(Por Pablo Roma) La victoria del presidente brasileño quiebra el relato de una derecha destinada a ganar siempre. Entre una gira española de resultados limitados y la pérdida de confianza en su gobierno, Milei enfrenta una advertencia rumbo a 2027. La Argentina puede volver a discutir el valor de una política que proteja, integre y construya un futuro compartido.
El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil puede convertirse en un problema para Javier Milei mucho más profundo que la derrota de un aliado. Golpea una de las ideas sobre las que el presidente argentino construyó su proyección internacional. La supuesta marcha inevitable de una derecha que se presenta como dueña del futuro acaba de encontrar un límite en las urnas del país más grande de América Latina.
Lula consiguió la reelección con el 51,79% de los votos válidos. El resultado tiene una dimensión brasileña, con sus propias causas y contradicciones, pero también una potencia regional. Demuestra que las fuerzas que reivindican el trabajo, la protección social y la intervención del Estado conservan capacidad para reunir mayorías. Su derrota no estaba escrita. Su recuperación tampoco era imposible.
Para Milei, el golpe es político porque había elegido involucrarse. Después de la primera vuelta celebró la ventaja de Flávio Bolsonaro como un “gran triunfo” y cuestionó la asistencia social de Lula bajo la fórmula despectiva del “plan platita”. Apostó a un resultado ajeno como confirmación de sus propias ideas. La segunda vuelta desarmó aquella celebración anticipada.
La conclusión no es que Brasil haya votado sobre la Argentina. Sería una simplificación. Lo que ocurrió es que el presidente argentino convirtió una elección extranjera en parte de su batalla ideológica y ahora debe enfrentar el significado de una victoria contraria a sus preferencias.
El episodio se suma a una visita a España cuya proyección política quedó lejos de la imagen de liderazgo internacional que intenta construir. Milei se reunió con Isabel Díaz Ayuso, pero su contacto con Santiago Abascal terminó siendo por videollamada. Eso no constituye una derrota electoral de la derecha española, cuyas elecciones todavía están pendientes. Sí permite discutir la distancia entre la grandilocuencia de sus intervenciones y el alcance efectivo de sus encuentros.
Madrid y Brasil ofrecen, así, dos señales distintas. Una muestra los límites de la puesta en escena internacional; la otra, el fracaso de una apuesta electoral concreta. Juntas debilitan el retrato de un dirigente que pretende interpretar cada avance de sus aliados como prueba de una transformación mundial irreversible.
La advertencia adquiere otro peso cuando se observan los números argentinos. El Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella llegó en octubre a 1,95 puntos sobre cinco. Mejoró apenas un 0,9% mensual, pero acumula una pérdida del 20,7% desde fines de 2025 y del 7% frente a octubre del año pasado.
El informe describe una meseta después del deterioro de los primeros meses de 2026. No mide intención de voto ni permite anunciar una derrota en 2027. Pero desautoriza la comodidad de un oficialismo que quisiera presentar cualquier oscilación favorable como una renovación del respaldo social.
Hay dos datos especialmente sensibles. Entre los mayores de 50 años, la confianza retrocedió un 10,2% en el mes y llegó al nivel más bajo de esta presidencia. En el Gran Buenos Aires se ubicó en 1,62 puntos, con una caída del 6,2%. Son señales de desgaste que ninguna fotografía internacional puede resolver.
También resulta revelador que la preocupación por el interés general sea el componente peor evaluado, con 1,51 puntos. Allí aparece una pregunta que excede la comunicación del Gobierno. ¿Cuántos ciudadanos sienten que las decisiones del poder tienen en cuenta sus necesidades?
Es en ese punto donde el efecto Lula puede encontrar una vía de entrada en la Argentina. Su influencia no necesita adoptar la forma de una copia electoral ni depender de una bendición personal a un candidato. Puede actuar sobre algo anterior a las candidaturas. La convicción de que existe una alternativa y de que vale la pena organizarse para construirla.
Las victorias políticas también modifican el ánimo. Una oposición que se cree condenada administra su retroceso. Una sociedad que descubre que el rumbo puede cambiar vuelve a mirar la participación como una herramienta. Brasil puede aportar ese impulso, aunque nadie debería confundirlo con una mayoría argentina ya formada.
La posibilidad de un renacer de la política de la solidaridad nace de esa apertura. Significa recuperar una idea elemental de la democracia. El destino de un trabajador, de un jubilado o de una familia no puede quedar librado exclusivamente a su capacidad individual para resistir.
La solidaridad tiene expresiones concretas. Una escuela que ofrece oportunidades, un hospital que atiende, una jubilación que permite vivir con dignidad, un salario que alcanza y una organización sindical que defiende derechos. Requiere recursos, administración y controles. Su defensa gana fuerza cuando puede mostrar resultados y corregir abusos.
Por eso, la oposición argentina también tiene obligaciones. El triunfo de Lula no borra sus errores, no resuelve sus disputas ni le devuelve automáticamente la confianza perdida. Celebrar una victoria brasileña será insuficiente si no consigue explicar cómo producir, generar empleo, cuidar los ingresos y administrar el Estado con responsabilidad.
Una alternativa solidaria necesita ofrecer algo más que el regreso a un pasado idealizado. Debe construir una respuesta para quienes hoy sienten incertidumbre y para quienes todavía apoyan al Gobierno porque no encuentran una propuesta mejor.
Milei conserva fortalezas. El mismo estudio registra una confianza relativamente mayor entre los jóvenes y en el interior del país. Ignorarlas sería tan equivocado como negar su desgaste. La disputa de 2027 sigue abierta y dependerá, en buena medida, de la experiencia económica de los argentinos y de las opciones que encuentren al votar.
Pero Brasil acaba de introducir una novedad política que la Casa Rosada difícilmente pueda neutralizar con un insulto. La derecha puede perder. La organización popular puede recuperar iniciativa. La defensa de la protección social puede formar parte de una propuesta ganadora.
El efecto Lula puede golpear a la Argentina precisamente por esa vía. Al devolverle credibilidad a una esperanza que el discurso libertario quiso presentar como una pieza de museo.
Cuando una sociedad vuelve a creer que nadie debería salvarse solo, la solidaridad recupera fuerza electoral. Y el poder que hizo del individualismo una doctrina empieza a encontrar sus límites.