(Por Tomás Casanova) – Hay algo que se está rompiendo en la Argentina y quizás todavía no encontramos las palabras exactas para nombrarlo. Lo vemos en la política, en las calles, en las redes sociales, en las familias y hasta en la manera en que nos relacionamos con quien piensa distinto. Cada vez hay menos paciencia, menos escucha y menos disposición a reconocer al otro. La discusión pública se convirtió muchas veces en una competencia por imponer, humillar o destruir.
Pero quizás detrás de tanta agresividad exista algo menos visible: miedo.
El ser humano no nace desconfiando del mundo. Un bebé llega a la vida con una enorme dependencia del otro y, en términos afectivos, con una apertura que todavía no necesita defenderse. Aprende a cerrarse cuando aparece el dolor. El abandono, la violencia, el rechazo, la falta de afecto o la sensación de estar solo frente a un mundo que no puede comprender obligan a construir defensas.
Es allí donde aparece una paradoja que también puede ayudarnos a pensar la Argentina actual. Muchas veces confundimos fortaleza con dureza, autonomía con indiferencia y carácter con incapacidad para sentir. Construimos una armadura para no volver a ser heridos y terminamos convirtiéndola en nuestra identidad.
El ego, entonces, no debería pensarse solamente como soberbia. También puede ser una estructura defensiva. Una forma de decirle al mundo: “yo puedo solo”, precisamente cuando en lo más profundo existe el temor de no poder. Un yo rígido puede esconder un yo profundamente vulnerable.
¿No ocurre algo parecido con nuestra sociedad?
Una comunidad que durante años acumula frustraciones, crisis económicas, pobreza, inseguridad, pérdida de expectativas y enfrentamientos políticos termina desarrollando mecanismos de supervivencia. El problema aparece cuando esos mecanismos dejan de ser circunstanciales y se convierten en una manera permanente de vivir.
Entonces el otro deja de ser alguien con quien convivimos y pasa a convertirse en una amenaza. El que piensa distinto es un enemigo. El que tiene más es culpable. El que tiene menos es sospechoso. El que reclama es molesto. El que pregunta incomoda. Y quien expresa una sensibilidad diferente corre el riesgo de ser ridiculizado.
La política no está fuera de esta transformación. Es, en buena medida, su espejo.
Durante demasiado tiempo la Argentina discutió sus problemas desde la lógica de la confrontación. Se construyeron identidades políticas alrededor del rechazo al otro. Se volvió más importante demostrar que el adversario estaba equivocado que preguntarnos qué nos estaba pasando como sociedad.
Y allí aparece una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando una sociedad empieza a perder la capacidad de sentir al otro?
Podemos discutir modelos económicos, impuestos, salarios, inflación, gasto público, reformas laborales o el tamaño del Estado. Debemos hacerlo. Son discusiones indispensables. Pero ninguna sociedad se sostiene solamente con números. Detrás de cada indicador hay personas, familias, historias, frustraciones y expectativas.
Una nación también necesita un corazón.
No hablo de sentimentalismo ni de abandonar la razón. Al contrario. La razón es indispensable para comprender la realidad. Pero la razón sin empatía puede transformarse en una herramienta fría; y la política sin sensibilidad puede terminar administrando personas como si fueran solamente estadísticas.
Tal vez por eso también resulte insuficiente explicar todo lo que nos ocurre exclusivamente desde la cabeza.
Hay heridas que no se solucionan únicamente con argumentos. Hay personas que necesitan ser escuchadas, cuidadas, reconocidas y acompañadas. Hay jóvenes que crecieron en un mundo atravesado por violencia, incertidumbre y vínculos cada vez más frágiles. Pretender que todo eso se resuelve diciéndoles simplemente que sean fuertes es desconocer cómo funciona el dolor humano.
Y aquí aparece para mí una dimensión todavía más profunda: el alma.
No importa que cada uno la nombre de una manera diferente. Para algunos será Dios, para otros la espiritualidad, la trascendencia, la fe o simplemente esa dimensión interior que no puede reducirse a una explicación intelectual. Lo importante es reconocer que el ser humano necesita algo más que sobrevivir.
Necesita encontrar sentido.
Cuando una persona pierde toda conexión con aquello que le da significado, puede tener éxito, dinero, poder o reconocimiento y, sin embargo, continuar sintiendo un vacío enorme. Una sociedad puede experimentar exactamente lo mismo.
Podemos crecer económicamente y seguir estando enfermos como comunidad. Podemos tener más tecnología y comunicarnos cada vez menos. Podemos tener miles de opiniones y perder la capacidad de conversar. Podemos defender con enorme convicción nuestras ideas y olvidar por completo que enfrente hay otro ser humano.
Quizás el desafío argentino no sea solamente reconstruir la economía. Sea también reconstruir los vínculos.
Recuperar cierta capacidad de confiar. Volver a mirar al otro sin asumir inmediatamente que viene a perjudicarnos. Entender que tener límites no significa levantar muros y que defender nuestras convicciones no exige deshumanizar a quien piensa diferente.
El instinto de supervivencia puede ser necesario cuando estamos frente al peligro. Pero una sociedad no puede vivir eternamente en estado de supervivencia.
Porque cuando todo se interpreta como una amenaza, el corazón termina cerrándose.
Y cuando el corazón se cierra durante demasiado tiempo, la dureza deja de ser una defensa y comienza a convertirse en una forma de vida.
Quizás allí esté una de las grandes discusiones que todavía no nos animamos a tener en la Argentina. No solamente cómo vamos a producir más, cómo vamos a crecer o cómo vamos a ordenar el Estado, sino qué clase de sociedad queremos construir después de tantos años de enfrentamientos.
Una sociedad puede sobrevivir desde el miedo.
Pero para volver a vivir necesita algo más.
Necesita recuperar el corazón.