(Por Tomás Casanova) – Hay lugares que dicen mucho más de una persona que cualquier discurso. No hace falta preguntar qué piensa, qué cree o qué busca. A veces alcanza con mirar aquello que decidió poner cerca.
Un escritorio desordenado, una computadora encendida, algunos objetos acumulados, una vela, fotografías, recuerdos, libros y pequeñas imágenes pueden parecer, a primera vista, apenas parte del paisaje cotidiano. Pero cuando uno se detiene un poco más, aparece otra historia: la de alguien que fue construyendo su propio espacio espiritual con elementos que, en principio, pertenecen a mundos diferentes.
En una misma repisa pueden convivir las imágenes de Rumi, uno de los grandes poetas y místicos del sufismo, y de Omar Ali-Shah, referente de esa tradición en Occidente, junto a una estampita de San Expedito. No parece haber allí una preocupación por las fronteras religiosas ni por las etiquetas. Hay, más bien, una búsqueda.
Rumi representa el viaje hacia el interior, el amor como camino espiritual, la poesía y esa idea de que lo sagrado no siempre necesita intermediarios para ser encontrado. Omar Ali-Shah, desde otra época y otra experiencia, aparece vinculado con la transmisión de una enseñanza que propone el conocimiento de uno mismo y el desarrollo interior.
Y, a pocos centímetros, está San Expedito.
El santo de las causas urgentes. El que representa para millones de personas una fe mucho más cercana a las preocupaciones concretas de todos los días. El trabajo que no aparece, la dificultad que no se resuelve, el problema familiar, la incertidumbre económica o esa situación que uno necesita destrabar cuanto antes.
¿Es contradictorio?
No necesariamente.
Quizás sea justamente una de las expresiones más honestas de cómo creemos los seres humanos. No siempre elegimos una doctrina y descartamos todas las demás. Muchas veces tomamos aquello que nos ayuda a comprender, soportar o atravesar una determinada etapa de la vida.
En esa pequeña repisa no hay un tratado de teología. Hay una biografía.
Está la necesidad de comprenderse a uno mismo, representada por el sufismo. Está la búsqueda de una dimensión espiritual más profunda. Está la poesía como forma de acercarse a lo trascendente. Y también está la necesidad, absolutamente terrenal, de pedir ayuda cuando las cosas se complican.
Quizás allí haya algo profundamente argentino.
Nuestra cultura está llena de esas mezclas. La religiosidad popular nunca fue demasiado amiga de los compartimentos estancos. Una persona puede escuchar una canción de Tita Merello, emocionarse con un tango, prender una vela, guardar la foto de alguien querido, pedirle algo a un santo y, al mismo tiempo, interesarse por una tradición espiritual nacida a miles de kilómetros y muchos siglos atrás.
No hay necesariamente una explicación racional para todo eso. Tampoco tiene por qué haberla.
Porque la fe, cuando se vuelve íntima, deja de ser una cuestión de manuales y comienza a ser una cuestión de experiencia. Cada persona arma su propio mapa. Algunos lo hacen desde una religión heredada. Otros desde una búsqueda personal. Muchos combinan ambas cosas.
Y quizás el verdadero significado de esa repisa no esté en identificar qué tradición tiene más peso que otra. Está en entender que todas esas imágenes fueron colocadas allí por alguna razón.
La vela encendida también dice algo. La fotografía de una persona mayor, otro tanto. Los objetos pequeños, los recuerdos, las piedras, las artesanías y hasta el desorden del escritorio forman parte de una misma escena: la de alguien que necesita rodearse de señales que le recuerden quién es, qué ama, qué busca o en qué confía.
En tiempos en los que todo parece exigir respuestas inmediatas, quizá resulte llamativo encontrar un espacio dedicado justamente a lo contrario: a la búsqueda.
Rumi no ofrece una solución para una cuenta que vence mañana. San Expedito tampoco responde todas las preguntas sobre el sentido de la vida. Pero ambos pueden ocupar un lugar en la misma repisa porque responden a necesidades diferentes de una misma persona.
Una mira hacia adentro.
La otra pide ayuda para seguir adelante.
Y entre ambas aparece algo que atraviesa buena parte de nuestra existencia: la necesidad de creer que, aun cuando no entendemos del todo lo que nos sucede, hay algún sentido posible detrás de las cosas.
Tal vez por eso esos pequeños altares personales tengan tanto valor. Porque no pretenden convencer a nadie. No buscan imponer una verdad. Simplemente acompañan.
En definitiva, cada uno construye sus propios refugios.
Algunos tienen forma de iglesia. Otros, de libro. Otros, de una fotografía familiar, una canción, una vela o una estampita.
Y hay quienes necesitan que todas esas cosas convivan en el mismo lugar.
Quizás porque, al final, creer no siempre consiste en elegir una sola respuesta.
A veces consiste simplemente en seguir buscando.