NO SOMOS CASTA: ANARCOCAPITALISMO, CULPA SIN EXPIACIÓN Y EL GOCE DEL AJUSTE EN LA ARGENTINA LIBERTARIA

1. Un ministro renuncia en horario de fútbol
El sábado 27 de junio de 2026, la carta de renuncia de Manuel Adorni a la Jefatura de Gabinete se publicó unas horas antes de que la Selección jugara contra Jordania. El dato parece anecdótico y es, en realidad, la tesis entera de este artículo comprimida en una decisión de prensa.

La ideología contemporánea ya no necesita ocultar el sacrificio. Necesita agendarlo. Sabe que hay un momento del día en que cuarenta y siete millones de personas están mirando otra cosa, y sabe también que ese momento no es un accidente sino un recurso administrable. No hay acá ninguna conspiración (hablar de conspiración sería, precisamente, la forma tranquilizadora de pensarlo). Hay algo mucho peor, que es una racionalidad instalada, un reflejo de comunicación, un cálculo que se toma sin que nadie tenga que explicitarlo.

La secuencia ya se olvidó, que era el punto. Cuatro meses de desprendimiento continuo (vuelos privados, un departamento en Caballito con hipoteca otorgada por las propias vendedoras, una investigación por enriquecimiento ilícito que negó y que sigue abierta) para terminar renunciando un sábado, en horario de descuento, agradeciéndole al Presidente y culpando a la prensa. Un vocero que se pasó dos años administrando el púlpito de la austeridad ajena, hundido por su propio patrimonio. Lo único que sobrevive del episodio, y lo único que vale la pena conservar, es una frase que merece figurar en cualquier manual de crítica de la ideología del siglo XXI.

“No somos casta y por eso estoy acá dando explicaciones.”

Veamos la arquitectura de ese enunciado. No dice “no cometí un delito”. Dice que el acto mismo de comparecer prueba la pertenencia a una categoría moral. La explicación no explica nada; performa una identidad. Es la fórmula marca registrada de Slavoj Žižek en la que se afirma que “ellos saben muy bien lo que hacen, y sin embargo lo hacen” con un plus, donde el sujeto sabe lo que hace, lo hace, y encima usa el hecho de estar siendo interrogado como certificado de inocencia estructural.

Acá hay algo que nuestro progresismo todavía no se anima a admitir del todo. “Casta” es un significante vacío, es decir, se trata del sentido preciso que le dio Ernesto Laclau (un término sin contenido fijo, cuya potencia consiste justamente en no designar nada verificable y poder así alojar cualquier antagonismo). No hay ironía menor en el asunto (la teoría del significante vacío se escribió para explicar cómo el populismo de izquierda construye un pueblo). La derecha libertaria la leyó mejor que sus herederos declarados, le sacó el martillo de las manos y lo usó para lo contrario. Vaciaron “casta” tan eficientemente que hoy la palabra puede señalar a un jubilado con pensión mínima y no puede señalar a un jefe de Gabinete con hipoteca trucha. El significante quedó tan vacío que ni el patrimonio del propio funcionario alcanza para llenarlo.

Por eso “casta” nunca fue una categoría descriptiva, sino performativa, y por eso resiste toda evidencia empírica como la fe resiste al ateo. No designa a quien tiene avión, patrimonio o inmunidad. Designa a quien está fuera del lugar de la enunciación. Y mientras la oposición siga discutiendo si tal o cual es realmente casta (como si la palabra tuviera un referente) seguirá jugando un partido cuyas reglas escribió otro.

II. El acusador y el paráclito
Žižek, en su texto del mes de julio sobre la corte del Rey de la IA, hace un rodeo teológico que a primera vista parece una de sus digresiones habituales y que resulta, para leer la Argentina de hoy, más que oportuno.

Ahí recuerda que el hebreo śāṭān significa literalmente adversario, acusador, y que su opuesto en el Evangelio de Juan es el Paráclito, del griego para (al lado) y calein (llamar). El que es llamado a estar al lado. En términos judiciales, Satán es el fiscal; el Espíritu Santo es el defensor.

Ahora bien. ¿Qué es un Estado anarcocapitalista realmente existente?

No es, contra su propia propaganda, un Estado que se retira. Es un Estado que conserva íntegra su función acusatoria y abdica por completo de su función paraclética. Sigue estando ahí (con toda su capacidad de decreto, de reglamentación, de protocolo antipiquete, de auditoría de pensiones por discapacidad, de fuerza pública en los alrededores del Congreso reprimiendo jubilados). Lo que desapareció no es el Estado. Lo que desapareció es el Estado que se para al lado de alguien.

El repertorio léxico lo confirma con una literalidad casi vergonzosa. Casta. Gerentes de la pobreza. Zurdos. Ñoquis. Delincuentes con guardapolvo. Toda la energía semántica del gobierno está invertida en la acusación, y prácticamente ninguna en la asistencia. Cuando el Presidente celebra en julio que “terminamos con los gerentes de la pobreza”, no está anunciando que terminó la pobreza. Está anunciando que terminó el paráclito (el que se ponía al lado, aunque fuera mal, aunque fuera con clientelismo, aunque fuera con toda la porquería que efectivamente hubo). Y esa distinción, que el enunciado borra, es exactamente el trabajo de la ideología.

Un Estado que solo acusa no es un Estado mínimo. Es un Estado teológicamente completo, al que le falta únicamente la mitad misericordiosa.

III. El capitalismo como religión
Acá es donde el “reciente texto” (de 1921) de Walter Benjamin resulta más útil que cualquier informe de consultora. El capitalismo no es una formación condicionada por lo religioso, como quería Weber. Es una religión, y su especificidad histórica consiste en ser el primer culto que no expía sino que culpabiliza. Las religiones tradicionales administraban la falta y ofrecían, al final del circuito, alguna forma de redención. Lo que se padece en esta vida, se disfrutará en el cielo. Este culto no la ofrece. Acumula deuda, extiende la culpa, la universaliza, y no habilita ninguna liturgia de descargo. No hay días laborables. Todos los días son sagrados y todos los días se debe. Traduzcan eso al castellano rioplatense de 2026 y obtienen estas tres palabras mágicas: No hay plata.

Este mantra es una proposición teológica y no económica, y su eficacia depende precisamente de que se la reciba como si fuera lo segundo. Una proposición económica es falsable, porque se discute con partidas presupuestarias, con estructura tributaria, con costo fiscal, etcétera. Una proposición teológica no se discute; se acata o se blasfema. Cuando alguien objeta que el bono previsional de setenta mil pesos está congelado desde marzo de 2024, mientras el haber mínimo se actualiza mensualmente por un IPC rezagado dos meses, no está iniciando un debate técnico. Está siendo, en la gramática del culto, un hereje.

Y funciona porque la culpa está previamente distribuida. La inflación de las décadas anteriores no operó solamente como fenómeno monetario. Operó como pecado original colectivo. Todos vivimos por encima de nuestras posibilidades, todos consumimos lo que no producimos, todos somos, retroactivamente, responsables. El ajuste no es entonces una política. Es una penitencia. Y como toda penitencia en un culto sin expiación, jamás alcanza. El superávit fiscal de este trimestre no redime; habilita la exigencia del siguiente.

Observen la estructura temporal del discurso oficial. Siempre estamos saliendo. Nunca salimos. “Estamos ante una oportunidad única”, “la economía empieza a expandirse”, “el país está frente a una posibilidad de crecimiento enorme”, “se empiezan a ver brotes verdes”. El futuro anterior es el tiempo verbal del régimen. Es la forma gramatical de la deuda impagable.

IV. La escasez es un artefacto
Hay una escasez absoluta, que es histórica y que las revoluciones industriales volvieron técnicamente superables en buena parte del planeta. Y hay una escasez artificial, que es la apropiación por parte de una clase de las capacidades de producción y reproducción de la vida, de modo tal que la posibilidad técnica exista y el acceso no. En las facultades de economía, la ley de oferta y demanda se enseña con el mismo tono con que se enseña la ley de gravedad; esta ley no se vota, la estructura tributaria sí.

Argentina, séptimo país del mundo en superficie, con una de las mayores dotaciones de recursos por habitante del planeta, con litio, con gas no convencional, con capacidad instalada de investigación científica que llevó décadas construir, discute todos los días si hay plata para el Hospital Garrahan. Esa frase debería ser insostenible en cualquier conversación adulta. Es, sin embargo, el sentido común dominante. Porque “no hay plata” nunca se aplica de manera universal. Se aplica selectivamente, y el patrón de la selección es la totalidad del contenido político del gobierno. No hay plata para pensiones por discapacidad, para universidades nacionales, para residentes del Garrahan, para el bono previsional. Hay plata para otras cosas, que se financian con la misma tesorería y se anuncian sin rubor. La escasez no es un dato del mundo. Es un instrumento de gobierno, y su ejercicio consiste precisamente en decidir sobre quién recae.

Rita Segato tiene un nombre para lo que ocurre cuando esa decisión se sostiene en el tiempo y se vuelve espectáculo. Esta pedagogía de la crueldad (el adiestramiento social en la baja empatía, la conversión de lo vivo en cosa) es la repetición ritual del daño hasta que deja de leerse como daño. Segato lo pensó para la violencia de género y el conjunto de sus formas conexas. Se aplica sin forzar nada al espectáculo de un Estado que audita a personas con discapacidad y transmite la auditoría como demostración de virtud republicana. La crueldad no es un efecto colateral del ajuste. Es su pedagogía, en el sentido fuerte de que enseña algo, y lo que enseña es que hay vidas cuyo sostenimiento es discutible.

V. Contra la tesis de la jaula elegida
Los derechos adquiridos no son los que generan absolutismo, sino la brecha entre el derecho declarado y la condición material que lo haría posible es lo que produce el desprecio por el derecho como categoría. Un derecho enunciado y no financiado no es un derecho a medias; es una lección de cinismo dictada por el Estado a escala nacional. Y el resentimiento resultante no se dirige contra la insuficiencia del financiamiento sino contra la palabra “derecho” misma, que queda contaminada por la promesa incumplida. La ultraderecha no derrota a los derechos. Recoge los escombros que dejó su enunciación vacía.

El problema es más profundo, y es la imagen misma de la famosa jaula elegida. La puerta estaba abierta, dice el texto clásico. El individuo entró solo. Nadie lo obligó. No. O mejor dicho, sí, y esa es precisamente la trampa.

Lacan describió hace décadas la estructura de la elección forzada con el ejemplo del asaltante (“la bolsa o la vida”). Formalmente hay dos opciones. Materialmente hay una sola, porque si elijo la bolsa pierdo las dos. La elección es real como forma y nula como contenido, y el efecto principal de su formalidad es que después me puedan decir que elegí.

La Argentina de 2023 fue una elección forzada de manual. La opción no fue entre libertad y pertenencia, ni entre democracia y absolutismo. Fue entre una moneda que se desintegraba en las manos y un tipo con una motosierra. Quien haya vivido una inflación de tres dígitos sabe que no es un indicador, sino la imposibilidad de proyectar una semana a futuro. Ofrecerle a alguien en ese estado una alternativa que ya fracasó y llamarlo después responsable de su jaula es hacer, desde la izquierda, la misma operación moralizante que hace la derecha cuando explica la pobreza por la falta de esfuerzo.

Decir “elegiste tu propia jaula” es reconfortante porque presupone un sujeto soberano que podría haber elegido de otro modo. Es el último refugio del liberalismo dentro de la crítica al liberalismo. Y es, además, políticamente estéril, porque si la gente eligió la jaula lo único que queda por hacer es esperar a que se arrepienta.

VI. La interpasividad de Estado
La interpasividad es el fenómeno por el cual delegamos en un objeto el goce que nos corresponde. La interpasividad del Estado es la versión política. El algoritmo se indigna por mí. El hilo de X hace la denuncia por mí. La plataforma de análisis predictivo previene el delito para mí. El gemelo digital de la sociedad participa en mi lugar. Y el resultado no es un ciudadano desinformado. Es algo bastante más incómodo. Es un ciudadano saturado de información y estructuralmente inactivo, cuya inactividad no se experimenta como pasividad sino como participación intensa. Nunca supimos tanto y nunca hicimos menos, y las dos cosas no son independientes.

Cuando el gobierno contrata capacidades de análisis masivo de datos sobre la propia población, no está introduciendo la vigilancia en una sociedad libre. Está formalizando en infraestructura una delegación que ya operaba en el nivel del deseo.

VII. La final perdida
El 19 de julio España nos ganó 1 a 0 con un gol en el minuto 106. Enzo Fernández fue expulsado en los últimos minutos del segundo tiempo. Messi, a los 39 años, jugando su tercera final.

Sé cuál es la lectura fácil, y no la voy a hacer. La lectura fácil es pan y circo (el pueblo distraído por el fútbol mientras le reglamentan la reforma laboral por decreto). Esa lectura es la versión progresista exacta del moralismo que siempre critiqué. Supone un pueblo infantilizado y un analista lúcido que mira desde afuera, y suele venir acompañada de la cara de quien no ve fútbol por razones éticas. El escándalo es otro, y es mucho peor.

El escándalo es que la Selección sea, en 2026, el único dispositivo que le queda a la sociedad argentina para experimentarse como un nosotros. No que la gente mire fútbol. Que noventa minutos cada tanto sean la única duración en que la primera persona del plural tiene un referente concreto.

Todo lo demás fue desmontado, y fue desmontado a propósito. El sindicato es un privilegio corporativo. La universidad es un gasto. El hospital público es una ineficiencia. La escuela es adoctrinamiento. La organización territorial es un negocio. La solidaridad intergeneracional que sostiene el sistema previsional es una estafa de reparto. Cada una de esas instituciones era, además de lo que decía ser, una máquina de fabricar primera persona del plural. Desarmadas todas, queda la camiseta.

Por eso duele como duele una derrota deportiva en este país, y por eso el gobierno la trata como un asunto de Estado. No es identificación patriótica. Es que el continente colectivo está reducido a un solo objeto, y ese objeto pierde por un gol en el segundo tiempo suplementario.

Aquel sábado de junio, la carta de renuncia salió antes del partido. La conclusión no es que el fútbol tapa la política. Es que el fútbol es lo último que quedó de la política, entendida como experiencia de pertenencia común, y que quienes gobiernan lo saben con una precisión que a la oposición todavía le falta.

Traduzco. La ultraderecha argentina ganó, entre otras cosas, porque entendió antes que nadie que las condiciones materiales de producción del sentido común habían cambiado de lugar (de la escuela, el sindicato y el diario, a la plataforma). No inventó el resentimiento; lo capturó, lo organizó y lo puso a producir. Lo hizo con instrumentos que están disponibles, que no son de nadie, y sobre los cuales el campo popular sigue teniendo una relación básicamente moral (son malos, degradan el debate, hay que volver al libro). Freire, que de esto sabía, insistía en que no hay práctica educativa neutra y en que enseñar exige rigor metódico y riesgo, no pureza. La conciencia crítica no se transmite por denuncia; se produce en la práctica de leer el mundo, y hoy el mundo se lee, mayoritariamente, en una pantalla vertical formato 4:5.

En Argentina el grito de hartazgo ya existe. No es metafórico y no hay que fabricarlo. Se escucha los miércoles a la tarde afuera del Congreso donde los jubilados que pueden acercarse y que cobran un haber mínimo cuyo bono está congelado desde marzo de 2024. Muchas veces se suman otros sectores, e incluso otros reclamos aparecen con más asiduidad. El grito está. Lo que falta es que deje de escucharse como ruido de fondo de una recuperación en curso.