BELGRANO NO MURIÓ POR UNA BANDERA: MURIÓ POR UNA IDEA DE PATRIA QUE HOY INCOMODA

(Por Pablo Roma) – Cada 20 de junio se repite el ritual. Discursos, escarapelas, actos escolares, homenajes, invocaciones patrióticas y fotografías oficiales delante de una bandera que parece existir por sí misma, desprendida de toda discusión histórica. Pero Manuel Belgrano fue mucho más incómodo que una fecha patria.

Por eso resulta inevitable preguntarse qué habría pensado el creador de la bandera al ver convertido el Día de la Bandera en un acto atravesado por figuras del presente político que representan exactamente lo contrario de aquello que él imaginó para estas tierras. No se trata de una discusión sobre personas. Ni siquiera sobre Manuel Adorni. Se trata de símbolos.

Porque cuando Javier Milei decide pararse frente a Belgrano desde una lógica política que exalta el individualismo económico, la reducción del Estado como horizonte y una lectura casi exclusivamente mercantil de la sociedad, aparece una contradicción profunda con el pensamiento del prócer.

La historia escolar simplificó a Belgrano hasta volverlo inofensivo. Nos enseñaron al abogado ilustrado que creó una bandera y murió pobre.

Pero casi nunca nos contaron que en 1816 defendió una idea revolucionaria para América: una monarquía constitucional —no absolutista— encabezada por un descendiente de los incas, con eje político en el Alto Perú y con una visión continental del proceso independentista. No era un capricho exótico.

Belgrano venía de Europa y había observado que las potencias del momento desconfiaban de las repúblicas nacientes. Su propuesta buscaba reconocimiento internacional, estabilidad institucional y, sobre todo, reparar siglos de sometimiento a los pueblos originarios integrándolos al nuevo orden político.

Detrás del llamado “Plan Inca” había algo más grande: romper con la lógica colonial de Buenos Aires mirando únicamente al Atlántico y construir una unidad sudamericana desde el corazón del continente. San Martín acompañó aquella idea y Güemes también.

No era una extravagancia personal: era una discusión seria sobre qué tipo de civilización debía nacer después de España. Belgrano imaginaba una América del Sur integrada antes de que existieran las fronteras que hoy parecen naturales. Por eso su figura incomoda.

Porque no hablaba solamente de independencia política. Hablaba de educación pública, desarrollo económico propio, integración regional y reconocimiento de las mayorías populares.

Murió el 20 de junio de 1820 prácticamente sin patrimonio, atendido con precariedad y pagando parte de sus deudas personales con bienes que le quedaban. La Nación que ayudó a crear todavía estaba demasiado ocupada peleándose para reconocerlo.

Dos siglos después, el homenaje permanente convive con una curiosa operación: rescatar su bandera y olvidar sus ideas. Y ahí aparece el contraste.

Cuando el gobierno lleva al acto oficial una representación política que celebra un modelo donde cada individuo se salva solo, donde la integración regional pierde relevancia y donde el mercado aparece como ordenador principal de la vida social, no está continuando a Belgrano. Está utilizando a Belgrano.

¿Habría sido distinta Sudamérica si hubiese triunfado aquel proyecto constitucional de inspiración incaica? Nadie puede saberlo. La historia no se reescribe.

Pero sí se puede afirmar que Belgrano soñó algo mucho más ambicioso que la Argentina que finalmente nació: imaginó una comunidad política continental, integrada, capaz de equilibrar poderes externos y construir una identidad propia. Tal vez no hubiera sido más poderosa que Estados Unidos. Eso pertenece al terreno de las hipótesis.

Pero sí es legítimo pensar que la fragmentación posterior debilitó una región que alguna vez se pensó como una sola. Por eso el problema no es quién aparece en una foto del Día de la Bandera. El problema es qué parte de Belgrano se decide recordar. Porque el verdadero homenaje no consiste en levantar una bandera.

Consiste en no esconder el proyecto de país —y de continente— que había detrás de ella.