(Por Tomás Casanova) – “Nosotros no somos como los Orozco. Yo los conozco”. Hay canciones que envejecen. Otras esperan.
Durante años, “Ojo con los Orozco”, de León Gieco, fue tomada como una rareza genial: un juego verbal, una especie de trabalenguas monumental donde desfilaban personajes exagerados, absurdos, excesivos, contradictorios. Una familia imposible hecha de caricaturas.
Escuchada hoy, en la Argentina libertaria, la canción parece haber dejado de ser una extravagancia artística para convertirse en una crónica.
Porque los Orozco de Gieco no son una familia. Son un sistema donde cada uno corre por su lado, donde nadie construye nada colectivo y donde la suma de individualidades produce ruido, desorden y desconexión.
Cada Orozco está encerrado en sí mismo.
Y acaso ahí aparece el espejo incómodo.
La promesa libertaria llegó ofreciendo orden económico, racionalidad y libertad individual como motores exclusivos del progreso. Menos Estado, menos regulaciones, más mercado. La teoría era sencilla: si cada uno hace lo suyo, el conjunto mejora.
Pero la realidad argentina tiene una costumbre molesta.
Nunca fue un país de individuos aislados.
Fue un país de sindicatos, de clubes de barrio, de universidad pública, de comerciantes sosteniéndose entre sí, de pequeños empresarios dependiendo del consumo interno, de trabajadores construyendo derechos durante generaciones.
Entonces aparece una pregunta que “Los Orozco” parece hacer desde hace treinta años:
¿Qué pasa cuando todos tiran para lados distintos?
El resultado no necesariamente es libertad.
Muchas veces es fragmentación.
El empleado que celebra que bajen impuestos pero pierde capacidad de compra.
El comerciante que apoya la desregulación pero descubre que no tiene clientes.
La pyme que pedía menos intervención y termina compitiendo en desigualdad.
El profesional que descubre que ya no alcanza con trabajar más.
Cada uno defendiendo su metro cuadrado.
Todos convencidos de que el problema es el otro.
Como en la canción.
Uno vota a Rodolfo.
A los otros no los soporta.
Y nadie parece preguntarse si el problema no está en el conjunto.
El fenómeno más novedoso del momento no es económico. Es cultural.
Se instaló una lógica donde el éxito dejó de ser un proyecto compartido y pasó a ser una experiencia individual. Si te va bien, mérito propio. Si te va mal, responsabilidad exclusiva.
Desaparecen las estructuras.
Desaparece el contexto.
Desaparece la idea de comunidad.
Y cuando eso ocurre aparece una sociedad parecida a los Orozco: ruidosa, fragmentada, desconfiada y convencida de que nadie le debe nada a nadie.
Hasta que llegan las facturas.
Hasta que cae el consumo.
Hasta que aparecen los cierres.
Hasta que el ajuste deja de ser una palabra técnica y se vuelve una conversación familiar.
Entonces muchos descubren algo incómodo.
Que el mercado ordena algunas cosas.
Pero no reemplaza vínculos.
No reemplaza instituciones.
Y sobre todo, no reemplaza la sensación de pertenecer a algo más grande que uno mismo.
Tal vez por eso la canción vuelve.
No como nostalgia.
Como advertencia.
Porque quizá el verdadero problema nunca fueron los Orozco.
Quizá el problema empieza cuando un país entero deja de decir “nosotros” y empieza a hablar solamente en singular.