(Por Tomás Casanova) – En los cuentos antiguos, los reyes solían creer que el poder era eterno. Gobernaban desde castillos blindados por el miedo y confundían obediencia con respeto. Cuando alguien se atrevía a cuestionarlos, la respuesta era el castigo. No había debate: había destierro.
El relato de la princesa encarcelada por desafiar la autoridad de su padre no parece hoy una simple fábula medieval. Tiene demasiados puntos de contacto con la Argentina actual. Porque detrás de esa historia aparece un modelo de conducción basado en la intolerancia, el desprecio por el otro y la idea de que todo aquel que piensa distinto merece ser expulsado del sistema.
El gobierno de Javier Milei construyó buena parte de su identidad política sobre esa lógica. No hay adversarios: hay enemigos. No hay críticas: hay traiciones. No hay sectores golpeados por la crisis: hay “privilegiados” que deben sufrir para purificar la economía. El ajuste dejó de ser una herramienta excepcional para transformarse en una doctrina.
La princesa del cuento termina encerrada por buscar su verdad. En la Argentina de hoy, quienes levantan la voz contra el deterioro social reciben descalificaciones, amenazas simbólicas o campañas de estigmatización. Jubilados, científicos, universidades, trabajadores estatales, periodistas, industriales y pequeñas empresas parecen haberse convertido en obstáculos molestos para un proyecto político que exhibe el sufrimiento como señal de disciplina fiscal.
El problema de los gobiernos construidos sobre el castigo es que terminan aislándose de la realidad. El rey del cuento cree que desterrando a su hija resolverá el conflicto, pero en verdad solo demuestra su incapacidad para escuchar. Algo parecido ocurre cuando desde el poder se minimiza la caída del consumo, el cierre de comercios, la destrucción del empleo o la angustia cotidiana de millones de argentinos.
La economía puede mostrar indicadores financieros ordenados y, aun así, una sociedad quebrada. Un país no se mide solamente por la reacción de los mercados o el equilibrio de una planilla de Excel. También se mide por la esperanza de su gente. Y allí es donde aparecen las señales más preocupantes: familias que resignan comida, jóvenes que abandonan proyectos, trabajadores que aceptan salarios de supervivencia y pymes que ya no saben cuánto tiempo podrán sostener sus persianas abiertas.
El cuento también deja otra enseñanza. El rey termina empujando a su hija al desierto, convencido de que fuera de su control no podrá sobrevivir. Pero muchas veces los desterrados son quienes terminan encontrando la fortaleza que el poder desconoce. La historia argentina está llena de ejemplos donde los sectores castigados por gobiernos soberbios terminaron reconstruyendo el tejido social desde abajo, mientras los liderazgos mesiánicos se consumían en su propia intolerancia.
Los malos gobiernos no siempre fracasan de inmediato. A veces primero generan fascinación, ruido y fanatismo. Pero cuando el poder pierde sensibilidad, cuando la crueldad se vuelve método y cuando gobernar significa humillar al que sufre, el deterioro institucional y humano empieza a hacerse irreversible.
El rey del cuento nunca entendió que la autoridad no nace del miedo. Y quizás ese sea el mayor riesgo de la Argentina actual: creer que una sociedad puede ser disciplinada indefinidamente a fuerza de ajuste, agresión y desprecio.
Ningún país crece convirtiendo el desierto en destino colectivo.