CUANDO LOS PODEROSOS VAN A LA GUERRA, LOS TRABAJADORES PONEN LOS MUERTOS

(PorTomás Casanova para ELDELEGADO)- En los momentos en que el mundo vuelve a mirar con preocupación al Medio Oriente por la escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel, conviene recordar una verdad que la historia repite sin descanso: las guerras las declaran los poderosos, pero quienes las padecen son los pueblos.

Mientras los misiles cruzan los cielos del Medio Oriente y los discursos inflamados ocupan los titulares del mundo, millones de trabajadores observan la escena con una mezcla de angustia y resignación. La escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel vuelve a mostrar una verdad que atraviesa la historia: las guerras las deciden los poderosos, pero las sufren los pueblos.

En cada conflicto se repite la misma escena. Los gobiernos hablan de estrategia, de intereses nacionales, de equilibrio de poder. Pero cuando las bombas caen, no distinguen banderas ni ideologías. Caen sobre barrios, hospitales, fábricas y escuelas. Caen sobre gente común.

El trabajador iraní que abre su pequeño negocio al amanecer, el obrero israelí que entra a una planta industrial y el camionero norteamericano que recorre miles de kilómetros para llevar mercadería comparten, en el fondo, una misma realidad. Todos dependen de algo simple y esencial: paz para trabajar, estabilidad para sostener a sus familias y un futuro para sus hijos.

“Cuando el corazón humano recuerda que todos provenimos de una misma fuente, la guerra pierde sentido.”

La frase puede parecer sencilla, pero encierra una verdad profunda. Porque detrás de cada conflicto internacional hay una consecuencia concreta: crisis económicas, inflación, energía más cara y millones de trabajadores pagando el costo de decisiones tomadas muy lejos de sus vidas cotidianas.

Otra de sus reflexiones insiste en esa idea: “La verdadera victoria no es derrotar al otro, sino derrotar el odio dentro de uno mismo.” En tiempos donde los discursos belicistas ganan espacio, esa mirada invita a recordar que la humanidad siempre avanza más cuando dialoga que cuando destruye.

Las guerras modernas ya no son solo enfrentamientos entre ejércitos. También son mercados que se sacuden, alimentos que suben de precio, economías que se paralizan y familias que pierden su sustento. Cada misil que se lanza termina impactando, de una forma u otra, en la mesa de millones de hogares.

Por eso, frente al ruido de los tambores de guerra, la voz más sensata suele venir desde abajo: la de quienes todos los días sostienen la vida con su trabajo.

Los trabajadores del mundo no necesitan enemigos para sentirse parte de algo común. Les alcanza con saber que todos buscan lo mismo: paz para vivir, trabajo digno y un mundo donde las diferencias se resuelvan con diálogo y no con violencia.

Porque cuando los pueblos se encuentran, las guerras empiezan a perder sentido. Y cuando los trabajadores comprenden que comparten el mismo destino, los imperios —por poderosos que parezcan— dejan de ser invencibles.