LA LIBERTAD SIN LEY: EL MAL DE ÉPOCA QUE PAGAN LOS TRABAJADORES

(Por Tomás Casanova | ELDELEGADO) – Hay épocas que se anuncian como rupturistas y terminan siendo regresivas. El auge de los libertarios, con Javier Milei en la Argentina y Donald Trump como antecedente y espejo en Estados Unidos, no es solo un fenómeno político: es la expresión de un malestar más profundo, social y subjetivo, que el psicoanalista Jacques-Alain Miller viene advirtiendo desde hace años. Un tiempo sin ley, sin vergüenza y sin responsabilidad, donde la promesa de libertad ilimitada encubre nuevas formas de opresión, especialmente sobre quienes viven de su trabajo.

Miller señala que uno de los problemas centrales de la sociedad contemporánea es la pérdida de los anclajes simbólicos que ordenaban la vida colectiva. La función de la Ley —no como autoritarismo, sino como marco ético y social— se ha debilitado bajo la lógica del mercado total y la globalización neoliberal. El resultado es un sujeto “libre” solo en apariencia: desprovisto de límites, empujado al goce inmediato y abandonado a su suerte cuando el sistema lo descarta.

Ese sujeto sin ley es el trabajador moderno. Exigido a rendir siempre más, culpabilizado por su propio fracaso y privado de herramientas colectivas para defenderse. En nombre de la libertad, se naturaliza la precarización laboral, se demonizan los derechos conquistados y se presenta al Estado como enemigo, aun cuando es el único capaz de equilibrar mínimamente la desigualdad estructural.

La política libertaria se monta sobre ese vacío. Como advierte Miller, los discursos dominantes recurren a significantes vacíos —“libertad”, “casta”, “democracia”, “sistema”— que no buscan explicar la realidad sino tapar la falta. No hay debate real, hay consignas. No hay ética, hay marketing. La angustia social se canaliza hacia chivos expiatorios: sindicatos, inmigrantes, minorías, periodistas, cualquiera que sirva para evitar la pregunta de fondo sobre un modelo que expulsa y enferma.

En ese contexto, lo real irrumpe de manera brutal. El sufrimiento psíquico, la violencia, el fanatismo y la intolerancia no desaparecen porque se los niegue; vuelven amplificados. Miller habla incluso de nuevas formas de antisemitismo y odio de masas, disfrazadas de defensa de la democracia o de la libertad de mercado. Es el costo de una sociedad que perdió la capacidad de simbolizar el dolor y solo sabe administrarlo o negarlo.

La despatologización radical que atraviesa a la época también juega su parte. El trabajador deja de ser un sujeto con padecimientos concretos para convertirse en un “emprendedor de sí mismo” o, en el mejor de los casos, en un ciudadano abstracto con derechos formales pero sin respaldo real. Se borran las diferencias, se diluye la demanda y, finalmente, se desresponsabiliza al sistema de los daños que produce.

Milei y Trump no inventaron este escenario, pero lo encarnan con crudeza. Predican una libertad sin ley que termina siendo la ley del más fuerte. Atacan toda forma de organización colectiva porque saben que allí reside el único freno posible a la lógica del mercado absoluto. En ese esquema, el trabajador no es ciudadano: es costo, es variable de ajuste, es descartable.

La advertencia de Jacques-Alain Miller es clara y vigente: cuando la ética es reemplazada por la demagogia y la ley por el capricho del mercado, la sociedad se fragmenta y el sufrimiento se multiplica. La libertad sin responsabilidad no emancipa; oprime. Y siempre, sin excepción, los que pagan esa fiesta son los mismos: los trabajadores modernos, solos frente a un sistema que les prometió todo y les quitó hasta el derecho a nombrar su dolor.