UNA GUÍA PARA SALIR DEL LABERINTO

(Por Tomás Casanova) – En tiempos de crisis profundas como las que atraviesa hoy la Argentina, solemos aferrarnos a un concepto tan seductor como peligroso: “con buenas intenciones alcanza”. Es una frase que repetimos para tranquilizarnos, una especie de mantra laico que nos hace creer que, si deseamos lo mejor, entonces lo mejor ocurrirá. Pero la realidad —económica, política y social— se encarga una y otra vez de demostrarnos lo contrario.

En una conversación reciente, el maestro Adab Rabbani explicó que en la vida espiritual nadie avanza en soledad, porque los riesgos son demasiado grandes como para confiar sólo en las intenciones. “Siempre se necesita un guía”, afirma. Y no se refiere a un capricho de la tradición, sino a una condición humana elemental: no vemos todo, no entendemos todo, y aun cuando queremos lo correcto, podemos terminar en cualquier sitio.

La comparación es precisa. Cuando uno se adentra en un territorio desconocido —una montaña hostil, una reserva llena de animales salvajes, un sendero que nunca recorrimos— nadie duda un segundo en la necesidad de un guía. Aceptamos su autoridad, su conocimiento, su advertencia. Porque sabemos que sin esa referencia, la aventura puede terminar mal. En el plano espiritual, dice Rabbani, el peligro es aún mayor: está en juego el alma. Por eso un guía no es accesorio, sino indispensable.

La política argentina debería aprender de esa simple lección.

Durante años nos hemos movido como si bastara con la intención de progreso, justicia o crecimiento para alcanzarlos. Pero una comunidad, una sociedad entera, no puede manejarse por impulsos nobles sin dirección. Cuando el país se convence de que la “buena voluntad” reemplaza la conducción, lo que sigue es el desorden, la improvisación y, finalmente, el desastre.

Porque la intención sin guía es como querer subir el Treveres sin un baqueano: entusiasmo hay, pero el abismo sigue estando ahí.

Hoy atravesamos una recesión que se siente en la calle, una fractura social que duele, y un desconcierto político que se profundiza. Las instituciones desorientan más de lo que orientan. Los liderazgos cambian de forma, pero no de fondo. Y la ciudadanía oscila entre la bronca y la resignación sin un horizonte claro. Es justamente en esos momentos cuando se vuelve crucial recuperar la idea del guía: no como figura mesiánica, sino como dirección colectiva, como un norte compartido.

Una guía política no es un salvador, sino un marco. Un proyecto. Un rumbo sostenido que ofrezca coherencia, disciplina y objetivos concretos. Algo firme, como dice Rabbani: un apoyo férreo. Porque de eso se trata: sin ese sostén, hasta las mejores intenciones se dispersan. O peor: se transforman en sus contrarios.

Hoy más que nunca, Argentina necesita ese tipo de conducción. No la guía improvisada del “vamos viendo”, ni el voluntarismo vacío del “todo va a mejorar porque queremos que mejore”. Necesita una brújula ética, económica y social que marque un camino posible, acompañado por instituciones capaces de sostenerlo y ciudadanos dispuestos a respetarlo.

Dejar de lado esta discusión, creer que la crisis se resolverá sola, sería tan ingenuo como creer que para adentrarse en la montaña basta con desear no perderse. Las buenas intenciones jamás alcanzaron para evitar un precipicio.

La Argentina ya estuvo demasiado tiempo caminando sin guía. Y los resultados están a la vista.

Es hora de encontrar —o construir— una dirección clara, firme y colectiva. Porque sin guía, no hay salida.